lunes, 8 de octubre de 2012

LA SEÑORITA ROSA

Todo en ella era un anacronismo. Su ropa pesada, los escotes cerrados, cuellos y mangas con volados, siempre demasiado abrigada y con su mano sobre la garganta como escudo protector contra las inclemencias del viento o de la vida. Rosa vivió con su mamá espantando novios serios y de los otros. El viejo se fue joven dejándolas con una pensión miserable y una casita precaria de un plan de viviendas municipal, que jamás podrán escriturar porque al intendente de turno se le olvidó chequear el pequeño detalle de verificar a quienes pertenecían en verdad, las tierras usadas para "solucionar el déficit habitacional de nuestro pueblo".
No era fea, al contrario. Tenía hermosos ojos verdes y una mirada aguda y penetrante de esas que te sacan una instantánea inmediata de quién eres y de que vas. Era rápida para catalogar a las personas. Su hermosa naricita husmeaba enseguida las intenciones varoniles y sus finas manos abanicaban pretendientes como alejando insectos. Rosa trabajaba en un estudio de abogados que se acostumbraron a su fría eficiencia y a la incógnita de sus gustos y preferencias. Hablaba poco, trabajaba mucho.
Cuando mamá, como ella la mencionaba, se fue, entró a la habitación que compartían habida cuenta del espacio insuficiente, se sentó en el borde de la vieja cama matrimonial y mirándose en el espejo de la cómoda, lloró larga y desesperadamente.
En el pueblo todos la querían. Además, era una fuente inagotable para el chusmerío de pago chico para quien resultaba un festival inagotable de especulaciones; sarcásticas de las mujeres y procaces inevitablemente, de los varones.
Alfredo era el jefe de correos y uno de los dos empleados de la oficina. Nadie quería venir a tan deprimente lugar por lo que se encontraba resignado a terminar sus días allí esperando la jubilación sin aumentos ni premio alguno. Sólo la promesa de una asignación miserable más un rápido olvido con destino de huerta en el fondo del terrenito y la caña para pescar en el muelle cuando cuadre.
Siempre iban y venían los mismos pues como en todo lugar pequeño, "somos pocos y nos conocemos mucho". Por eso se sorprendió cuando un día de invierno Rosa entró a la destartalada oficina sonriéndole al tiempo de pedirle una casilla de correo en alquiler.
Alfredo casi se desmaya del desconcierto. ¿A quién  se le ocurre en estos tiempos alquilar una casilla?
Desde el advenimiento de Internet el correo mismo era pieza de museo. Un viejo rito apenas necesario pero en franca extinción. Pero eso no era todo. ¡Llevaba cartas en la mano! Con sobres delicadamente estampados  en color pastel
- ¿Las  envía por correo simple, Rosa? - . Pregunto confuso.
-No, Gracias. Quiero ponerlas en la casilla-  Le dijo pícara e inesperadamente ruborizada.
El jefe no entendía nada. ¿Para qué poner cartas en una casilla de correo? ¿Quién manda cartas hoy en día? Me parece que Rosita se chaló por completo se dijo a sí mismo.
Comenzó así una rutina semanal ineludible. Rosa llevaba cartas, las colocaba en la casilla y se iba. Un completo misterio que volvía loco al viejo que no aguantaba la intriga.
Todo empeoró cuando notó que luego de dejar sus cartas, la mujer retiraba otras que no eran las que anteriormente depositara. Estas eran comunes, blancas y de sobre alargado. Olían a colonia de hombre, muy fuerte para su gusto. Le recordaba aquella que su propio padre se ponía antes de ir a trabajar. Una colonia de botellita blanca con un velero filigranado en azul y tapita roja a presión.
Ahora sí que le quemaban las entrañas. ¿Qué está pasando aquí?
Llamó a Pedro, el único subordinado para que controle y le informe sobre la correspondencia llegada a nombre de Rosa Sánchez  Catellani (Tal el nombre completo de Rosita, como la llamaban en el pueblo)
No tardó mucho la respuesta. Pedro lo miró enarcando una ceja, cómo dudando de la cordura del viejo funcionario.
- Ud. sabe que llegan dos o tres carta nomás por día  Don Alfredo y que yo sepa - agregó - Nunca vino nada a nombre de ella.
Los ojitos achinados del empleado estatal miraron al vacío mientras su mano acariciaba el mentón.
¿Pero qué carajos sucede acá? ¿Será posible que esta mujercita amargada se divierta a mis costillas? Ella nunca fue de esas. No tiene ese carácter. Algo huele mal en todo esto.
 Pasó el tiempo y las cartas entraban y salían de la casilla. Alfredo la miraba como a la caja de un mago sin entender de donde había salido el conejo.
Un día cuando la vio entrar casi que saltó del mostrador para aparearse a la mujer que se sobresaltó por lo inusitado del movimiento.
- Disculpe Rosa, tuvimos problemas con las llaves de las casillas, le mintió. ¿Me permite acompañarla para verificar que la suya no tiene problemas?
Asombrada, Rosa se limitó a asentir al tiempo que caminaban juntos hasta el rincón donde una especie de gigantesco armario lleno de panzas de canguro, albergaba a las famosas cajas de antaño.
Las delgadas manos blancas abrieron con su llave y no había terminado el movimiento cuando brusco, Alfredo la apartó mirando el fondo de la pequeña abertura. Allí se acumulaban tres sobres blancos alargados, fuertemente aromatizados. Se rascó la cabeza, golpeó el metal mirando a la dama que ahora divertida, esperaba pacientemente que cesara su rapto de furia. Sin contestarle. Él hizo un gesto de fastidio y desdén con las manos alejándose rumbo a sus paquetes y encomiendas, escondiéndose entre sellos de goma y telegramas viejos, chequeando papeles arrugados, frustrado a morir, sintiéndose objeto de una burla cruel que no merecía.
Justo yo pensaba, que siempre le doy el saludo a todos sin que nadie me lo devuelva. Yo que les escribo los telegramas en verano cuando los obligan a renunciar antes del fin de la temporada. Justo a mí, mierda, ¿Qué le hice para joderme la vida de esta manera?
Nunca más le dirigió la mirada, la sentía entrar con el invariable "Buen día Don Alfredo" al que respondía con un gruñido.
Pero una mañana de Agosto (Siempre las peores cosas ocurren en agosto) algo le apretó el pecho. Temiendo un infarto, comenzó a transpirar y estaba a punto de llamar a la ambulancia cuando escuchó el impacto seco, seguido de una especie de globo desinflándose. El tiempo es un viento helado que se detiene para estallar en un grito. ¡Noooooo! dijo alguien. Salió disparado a la puerta del edificio justo para ver las cartas como avioncitos de papel surcando el aire. Fascinado las siguió un instante hasta reaccionar mirando al suelo. Allí estaba lo que quedaba de Rosa. Una muñeca en ropa pasada de moda totalmente destrozada bajo las ruedas del camión de la maderera "El Polaco".
El reguero de sangre hasta el cordón derramándose por la alcantarilla. La desesperación, los insultos, el ¡No la vi! ¡Cruzó de golpe! Las frases de ocasión, los curiosos que uno nunca sabe cómo y de donde aparecen, tantos y tan rápido. La brisa repentina llevándose las almas, la mezcla de olor a sangre, perfume y dolor. La indescriptible sensación de asistir a una tragedia.
Volteó sobre sí mismo vomitando junto al bicicletero para los clientes. Lloró igual que Rosa el día en que murió su madre. Lo demás fue alimento para las fieras de conventillo, periódicos locales, las disparatadas opiniones de los vecinos en el programa popular de las mañanas de la radio, el grotesco sin fin.
Esa noche fue de tormenta huracanada con voladura de techos. Se sentía vacío. Le arrebataron la intriga, el misterio y el aroma de una mujer sin suerte en la vida. Tomó del pico, costumbre que en general le repugnaba. Golpeó la mesa, prendió un cigarrillo, esperó junto al teléfono, lo tomó casi antes de sonar. Lo estaba esperando.
Las luces del amanecer alumbraban las negras columnas de humo surgidas del lugar en donde trabajó durante  cuarenta años. No quedó nada del viejo edificio de correos, uno de los primeros construidos en la Ciudad, recientemente declarado "Patrimonio Histórico" circunstancia mencionada en un cartel ahora chamuscado como la cara del intendente aún sonriente pero con los dientes negros.
En el hueco entre los escombros por supuesto, sobresalía el viejo armario que contenía las casillas de correo. Todas deformadas por el calor menos una. Desoyó las advertencias e insultos de los bomberos que aún trabajaban en el lugar.
La casilla estaba abierta e intacta. En su interior, una rosa adornada con gotas en todo su contorno y esplendor. Acarició suavemente uno de sus pétalos y rozó una de las delicadas gotas. Tenían gusto a sal y olor a colonia de hombre. Fuerte, como la que usaba su papá,  

viernes, 11 de mayo de 2012

MEMORINA

Memorina fue concebida como un proyecto cultural del Gobierno de la Ciudad. Una estatua - Robot con fines didácticos que , empotrada en la Plaza Central al lado de la pirámide símbolo de las tierras del sur, enseñaría a nuestros niños y guardaría la memoria popular y patrimonial hasta el fin de los tiempos o hasta que otro político ordenara tirarla a la basura. Su autor se ufanaba de la obra en cuestión. Por fuera, mármol de Carrara y figura de matrona renacentista, rellena, regordeta, con cachetes inflados y boca de esas que invitan a silbar por lo pequeña y en círculos. Por dentro. Ingeniería robótica japonesa. Miles de circuitos de ultra generación para el ahora y el después. Claro que no contaron con la socarrona estudiantina del intendente de turno que mirando los planos y ante las opciones, decidió que el puerto de conexión de Memorina con los kilómetros de fibra óptica conectados a millones de ordenadores sea nada más ni nada menos, que por el traste. Sí, allí entre las líneas generosas del trasero insinuado de la cándida y maternal figura  se ubicaba un puerto de conexión ad - hoc. En fin, cosas de políticos, les pareció útil y gracioso además de metafórico.
La inauguración trajo la consecuente pompa, discursos con frases huecas y slogans vacíos de contenido y bellísimos juegos de luces con un gran láser guiado al cielo. Las tierras del sur, realmente apuntaban alto.
Y finalmente el momento llegó. Memorina diría sus primeras palabras. Haría un relato apropiado calculando al instante la edad promedio de sus oyentes. Una dulce voz estremeció el aire frío de la noche. Se oían palabras de esperanza, de aliento, de perseverancia. Todas dichas en un bello tono femenino, no agudo ni chillón, sino susurrante, envolvente creador de un clima sublime. Todos hicieron ¡oooooh! y ¡uuuuuu! y aplaudieron a rabiar y por supuesto cortaron cintas se aplaudieron a sí mismos y se fueron a una carpa cercana a comer y beber para luego dar discursos por televisión.
Sólo quedaron escuchando a Memorina un grupo de adolescentes que aburridos del cuento y habitantes de la tecnología desde la cuna tuvieron ese momento fatal en el cual se dijeron; ¿Qué pasaría si...?
Entonces, sigilosos, se arrastraron por debajo del pedestal y con un cable de conexión de sus flexi - tables más un alambre oxidado que encontraron para hacer masa, se lo metieron por el culo a la gorda.
Muertos de risa vieron como Memorina abrió los ojos como platos, balbuceo, agitó los brazos sin ton ni son y comenzó a elevar el tono de su voz, que ya no era tan dulce ni mucho menos. Su mirada echaba chispas, su traste - conexión se fundió en una descarga eléctrica que arruinó los juguetes de los pequeños malvados y lo cerró para siempre,
Y Memorina adoptó un rictus colérico, se cruzó de brazos y revoleando las órbitas emitió durante horas, todos los improperios en todos los lenguajes tal y como estaban cargados en su formidable capacidad de memoria. Los salvajes se retorcían en el suelo agarrándose la panza de tanto reír, el Presidente de las tierras del sur que hablaba en cadena nacional, hizo un momento de teatral silencio antes de hacer un anuncio importante . Silencio que fue cubierto por un sonoro ruido vulgarmente denominado "pedorreta" y un insulto soez típico de los marinos mercantes rusos en épocas de abstinencia. Todos estallaron en risas, el presidente enrojeció y abofeteó a varios colaboradores. Se marchó con su comitiva prometiendo la demolición "ipso-facto" de Memorina. El desconcierto y las pullas eran generalizados.
Pero como siempre sucede, los monstruos que creamos se nos vuelven en contra y no permiten fácilmente su destrucción. Memorina ha ideado su burbuja de protección y sólo sus palabras pueden atravesarla.
Finalmente se cansaron y la dejaron allí. Total, permanecía enfurruñada, encogida en su pedestal con los brazos cruzados y los ojos cerrados.
Nadie sabe por qué, los niños y los adolescentes comenzaron a reunirse junto a ella luego del incidente. Pasaron largos meses de vigilia. Era un punto de encuentro, fogones, charlas, romances, guitarreadas, drogones, gente sin techo, otros abrumados por la soledad y el desamparo, en fin,  era compañía y referencia.
Un día,  Memorina habló. Abrió lentamente sus ojos  como retornando de un largo viaje. Contó de un universo paralelo con gente que amaba sin tocarse y odiaba a través de las caricias. Relató las penas del ánima, el llanto de los empedrados y el dolor de las luces de neón, solas en la noche a merced de los vándalos. Supimos de gente que vivía en las ruinas del subte, de trovadores en campanarios de Iglesias. De mujeres que hacían hombres para que las maltrataran y abandonaran. De hijos que odiaban a sus padres por traerlos al mundo y al mundo por estar antes que ellos pudieran darle forma. Nos habló de la tierra de nadie con su clima ciclotímico que hace cambiar el color del cielo y de la tierra según su estado de ánimo. De los perros de seis patas y los gatos con ventosas.
Nos apuntó con su brazo de mármol robot al pecho diciendo "aaah ese fuego que palpita nunca dejéis que se apague" (Le había dado por el tono castizo)
Desde entonces Memorina es nuestra madre contadora, nuestra guía y consejera, nuestra siembra mentes. Jamás sabremos que nos dirá o de que mundos nos contará pero siempre nos rendimos a sus pies al caer la tarde, antes de la primera estrella.
Los que no han vuelto jamás, son el Sr. Presidente y su comitiva. Dicen que desde hace mucho tiempo cada ordenador de los despachos oficiales, al prenderlos hacen ruidos flatulentos y lanzan salvapantallas con atrevidos fotomontajes y datos de las andanzas  de los políticos de turno que harían enrojecer  al mismísimo Capitán Ajab.

sábado, 24 de marzo de 2012

EL PESO DE TU PERFUME (Farsa en forma de tango)

Me invade esa vaga, extraña y desoladora sensación de haber estado demasiado tiempo bajo la lluvia.
Deambulo en un naufragio de ansiedad y angustia. Llevo el peso de tu perfume en la piel arrastrando en mis espaldas memorias de tus súplicas.
- No me hagas esto, quererme es provocarme dolor en vano. -
- Sin esperanza no existe el amor, es un vulgar capricho o calentura de adolescentes. -
El ruido de tus tacones, darme la espalda como cerrando la puerta dejándome atrás para siempre. El humo de un cigarrillo prendido en forma nerviosa, la bocanada intensa y el después tembloroso. Una lejana colilla roja ya muy lejos del rescate y las palabras.
 - ¿Qué sentido tiene besarme una vez más? ¿Qué ganás con eso? -
El corazón como un tango berreta apretujado aguantando la crueldad del desamor. El mirarla a los ojos tratando de encontrarla pero ella enfoca otra vida que no me involucra. Veo en la comisura de sus labios el esbozo de nuevos planes, si hasta parece que murmurara como si yo no existiera. Soy apenas un trámite que hay que terminar. La frase de compromiso, el roce simulador de un beso en la mejilla, la caricia furtiva al aire y no a mí, como abanicando todo ese tiempo juntos haciéndolo desaparecer, negándolo.
Y así se fue, dejándome años de sexo, planes, rubores, ternura, promesas y alguna que otra osadía, apiladas en mi habitación, Sé que invariablemente comenzarán a enmohecer pero no me atreveré a vaciarla.
También quedaron marcados para siempre bares, cines, películas discos y libros. Alguna que otra plaza y hasta una pared de un PH a una cuadra de la Avenida Gaona cuya dueña dejará de insultarnos por el franeleo descarado e insultante para sus años de viudez.
Me dejó desnudo sin mis escenarios. Se llevó incluso recuerdos e ilusiones que no le pertenecían. Eran cosas de pibe que ahora no tengo. Me da bronca llegar a veterano reseco, manoteando siempre en mis bolsillos a ver si encuentro algo, aunque sea un flash, una mirada, una frase ingenua, una sonrisa en algún verano o partes de un partido en el potrero. Ni el primer beso me quedó.
Es el final. Ya no tengo la frescura para descubrir lo nuevo. No se me da, la farsa juvenil del tercer encuentro ni la despreocupada actitud cuando pega el vacío de a dos en la cama.
En la habitación el único que habla es el televisor, el perro se acostó en la alfombra donde pongo los pies al levantarme en las mañanas. Apagué la luz, la pantalla  crea extrañas figuras al cambiar y yo suspiro profundo como un animal herido. Nada puede disimular lo concreto de la soledad ni el ahogo que produce, el peso de tu perfume.

sábado, 28 de enero de 2012

EN CÍRCULOS

EL la quiso desde que la vio venir por la vereda de la vieja calle Bolivar. Carita de nena, como si todavía le avergonzara usar maquillaje. No pudo dejar de amarla pero inseguro, tuvo miedo y le decía: "Me puedo ir cuando quiera ¿No? Soy un espíritu libre y tengo grandes planes. No vas a llorar ni reclamar por mi partida". Ella lo miraba con ojos de enamorada, con luz y picardía y contestaba; "Siempre podrás irte cuando tú lo desees".
El le repetía la pregunta para recibir la tranquilizadora respuesta Era un juego y un pacto. Pasaron 32 años juntos, tuvieron hijos, la pelearon, afrontaron de todo y a todos. El ritual autoimpuesto continuó aún en los estrechos senderos del tiempo surcando las borrascas de pérdidas familiares o vientos de enfermedades agoreras que portaban oscuros presagios en las madrugadas del pánico
Hasta que un día, Él la miro profundo a los ojitos vivaces que asomaban detrás de los lentes, acarició conmovido las finas arrugas del rostro que amaba, pleno de paz... y le dijo; "Tengo mucho miedo gorda, no vas dejarme ahora que estoy viejo ¿verdad?" Ella quitó sus lentes, dirigió un mechón de su pelo hacía atrás como aquel día a los quince años cuando llegó hasta Él y lo miro profundamente tomándole de la mano besándolo como si fuera el último momento de su existencia. Mientras acariciaba enternecida a ese niño hombre que fue su pareja, su amigo, su amante, le susurró al oído. "Cada uno de tus pasos siempre te trajo hasta mí". "Y los míos amor, caminaron siempre a la par evitando tus extravíos, asegurando que regreses, sano y salvo."

domingo, 15 de enero de 2012

DESAMPARO

El médico sonríe y me dice que está todo bien. Me conoce de antes, de cuando era un estudiante de medicina y me llamaba a la radio para pedirme temas de Stevie Ray Vaughan y cosas así. Se ve que tiene una simpatía especial por mí, se nota en el trato, en querer minimizarlo todo, en priorizar escucharme, como si estuviera en el estudio de la emisora en vez de su consultorio. Falta que me haga un pedido de tema con dedicatoria.
Me despierta ternura y agradecimiento. Sobre todo eso, Son tan pocos los que me quieren ya, que valoro como gemas a los que quedan. Es que los otros  se han comprado un discurso de moda y a través de él viven otra vez su adolescencia... Allí PInk Floyd  y el rock sinfónico es pasión de multitudes y las Culisueltas y Damas Gratis, son una pesadilla de exceso de comida. Vitorean a David Gilmour y a Roger Waters eternamente jóvenes sin ver a esos señores de la tercera edad que aún la batallan con dignidad... Y Paul McCartney murió como dice la leyenda de la tapa de ABBEY ROAD  y que no tiene 68 años y baila y canta y Let It Be nos hará llorar un río mientras las mega pantallas nos alientan a hacerlo porque fue compuesta "ayer".
Los veo a mis compañeros de ruta cincuentones pasados como yo, con los ojos fuera de órbita y las venas gordas y salidas como en los dibujos de Fontanarrosa, gritando "fachos", nazis" somos del campo nacional y popular y creemos en el modelo revolucionario y de distribución de la riqueza. "Nunca Menos" y ahí van, mezclados con pibes de verdad revoleando sus panzas, brillando con sus peladas al viento tratando de seguirles el paso a los que van adelante enmascarados y con intimidantes palitos que abollan lo que sea, no solo ideologías.
Temo por ellos. Más de uno quedará "seco" de un ataque cardíaco con los ojos bien abiertos y los dedos en "v"
Lo curioso es que en las conversaciones previas se quejaban "de los negros", de los "Wachiturros"  del Reggaetón y toda una serie de claras connotaciones clasistas y sociales que se supone, combaten.
No me sorprende. Los conozco de pibes, jugábamos juntos, transitábamos la adolescencia entre los inolvidables recitales del Rock Argentino, el cine y el teatro y por sobre todas las cosas; todos (Remarco: TODOS) leían el diario hoy defenestrado, compraban sus colecciones y se morían si se perdían el último episodio de "El Loco Chávez".
El ruido de las cajitas de remedios que mi doctor me va acumulando me trae a la realidad. Mi esposa escucha resignada, yo no. Yo no escucho un carajo quiero decir, me he quedado sordo como una pared castigo irónico habida cuenta de mi pasión enfermiza por la música y como si fuera poco. Mi profesión de locutor y periodista.
"El sordo Gancé soy yo" podría pelearle royalties a Alejandro Dolina pero el también con esa cara cada vez más extraña que se le ha hecho (¿Una mutación provocada por hechiceros del baño de la estación de Flores?) abandonó su prosa esclarecedora y su actitud campechana para mostrar al igual que los demás, una alcahuetería ramplona, disfrazada de fábula ingeniosa acerca de imperios menos lejanos en el tiempo y próximos al ladrido perruno del monigote que por ahora, ostenta el bozal y la correa.
¿Qué decís Daniel? - "Nada, Doc., divagaba. Es por el Lorazepan que me da. Me plancha todo el día, me deja flojito de piernas y entendederas.
-Dale, no jodas y cuidate. Venime a ver cuando tengas los resultados de los estudios pero ya te dije que lo tuyo es de acá (Y se señala su incipiente pelada) Volvé a los medios macho, cambió mucho todo. Haces falta...
El aire de la calle es insolente de caluroso. No puedo contar ni explicar nada más. A nadie le interesa por otra parte. Todos estamos cansados.
Este dolor de estómago, este ardor insufrible, los ataques que evolucionan día a día no son otra cosa que uno de mis habitantes que quiere huir desesperado.
Es típico. Debe ser mi sentido de la energía o de la juventud que quiere todo ya, para ayer. Que se impacienta ante la lentitud de los demás ante una pregunta simple. Sí, debe ser él. Esta aterrado. Sabe que después de los cincuenta por allí adentro todo tiene un cierto tufillo a viejo, a rancio. "Los viejos huelen" escuchaba siempre de chico. Los viejos huelen...
Las emociones son apenas hormigueos. El sexo que derribaba paredes, es un Sudoku a medianoche...
Las cartas y escritos periodísticos son quejas lloronas, del tipo "Y no, ¿Para Qué?
Se siente el espíritu como que lo sostienen del forro del tujes y lo empujan al fondo del barranco y no quiere caer. Prefiere  clavarme las garras, trepar por mi garganta y salir gritando y aullando como loco antes que entregarse. No he podido contenerlo nunca, ¿Qué sentido tendría ahora? Que al menos parte de mí grite y desgarre y putee y se beba los vientos y le levante las faldas a las mujeres y les arranque las prendas íntimas y disfrute del perfume de los cuerpos divinos amanecidos en sábanas mordidas por placer y no por haber sufrido.
Desasosiego. Huuum, No. ¿Tristeza? Ejeheem, Tampoco. DESAMPARO. Eso es, sí. Desamparo es lo que siento.
Rodeado de gente bella que me quiere tanto y no merezco. Cercado por los fantasmas de mi madre y de mi padre a quienes tanto extraño. Me siento absolutamente en medio del desamparo.
Quisiera tener un libro en que se han posado los ojos y las manos de mi padre. Quisiera tener de vuelta las fotos de mi hijo que les envié y que sé que contienen algunas lágrimas de mi madre.
El Rosario que le regalamos con mi esposa y que no lo dejo jamás. Postrada en su cama pero lúcida hacía sus crucigramas y antes de dormir, sus manitos hacían magia en complicidad con DIOS con ese objeto humilde que apenas le pudimos dar.
Estoy seguro que rodeada de mis hermanos antes de partir preguntó dos cosas: 1) ¿Qué pasa, porque están todos acá?
2) ¿Y el Dani? (O sea yo)  y después se fue. Y el Dani o sea yo, no estuve. Era mi cumpleaños a 500 kilómetros y no me avisaron hasta 14 horas después. No fui a su despedida. Reposa junto a mi padre hasta el fin de los tiempos.
Quisiera tener algo de ella, Quisiera tener el calor de sus manos. Quisiera no estar a los 53 años llorando como un pelotudo frente a una PC.
¡Qué lejos estoy del consultorio! ¡Qué lejos estoy de mí!
Y si algún desprevenido cae por estas páginas dirá; Huy que mierda, que bajón. ¿Qué le pasa a este tipo...
No habrá respuesta. O en caso; "Espera que te llegue, fíjate como salís."
El tipo araña mi esófago y mi garganta, me destroza de dolor, se quiere ir. El médico me dice sonriendo; cuídate en las comidas, toma los remedios y hace lo que te diiigo, volvé a los medios, haces falta.
Aguanto un eructo, casi consigue escapar. Un grito de furia resuena en mi laringe pero nadie lo escuchará.
No hay ni arriba ni abajo ni ancho ni largo ni luz ni día ni de dónde agarrarse. Parado en la nada, a tientas. DESAMPARO.
El problema es que cuando uno escape, todos lo harán y quedará de mí, una cáscara vacía, lloricona y molesta, esperando por la prisa furiosa de algún transeúnte que la patee a un lado.
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