viernes, 1 de agosto de 2014

UNA FOTO TIRADA EN LA CALLE

Encontré una foto tirada en la calle. Se arrastraba por la vereda a causa del viento girando en remolinos cerca de caminantes apurados por la nada. La tomé en uno de sus giros elevándola a mis ojos. Manchada y amarillenta, aún dejaba ver a una pareja joven abrazada y sonriente. Siempre me han dado impresión las fotos. Capturan algo sobrecogedor que atemoriza. Ahora miraban directo a mí y no supe que responderles. Pues nada sé de ellos y de su paso por el mundo. Si eran amantes o hermanos. O tal vez amigos inmortalizando un encuentro. Imagino un antes de palabras y gestos y un después de cierta incomodidad hasta la llegada del primer café o mate.
Con el retrato entre mis dedos deambulé hasta una plaza sentándome en un banco. Los paseadores de perros intercambiaban anécdotas mientras los animales tironeaban de las correas impacientes. De golpe me sentí muy triste por perfectos desconocidos.  Escuché el trueno de un avión cobrando altura. Me encanta mirar al cielo y más aún, ver aviones despegando. Las terminales me incomodan por eso me gustan. Los hospitales también lo son. Arribos y partidas de almas. Creo que visité demasiadas últimamente.
Los miré una vez más con reproche. ¿Por qué elegirme? Me pasa también con los perros callejeros, no importa la multitud vienen derecho a mí siguiéndome hasta doblegar mi voluntad. Jamás pude permanecer indiferente.

Suavemente los deposité en el banco mientras comenzaba la lluvia. Una gota en los labios de ella, otra en los ojos de él. Me despedí en silencio. Quizás era su forma de viajar. Cerré mi gastada campera negra, corrí hasta la parada del colectivo y lo alcancé justo cuando arrancaba no sin antes luchar con el paraguas de una señora que apuntaba a mi rostro. En el interior, extraños cansados y aburridos, se acunaban con el compás del limpiaparabrisas y la visión de vidrios empañados.

viernes, 20 de junio de 2014

TRES PIBES

Tres pibes en la plaza de Ramos Mejía jugando en lo que alguna vez tuvo pasto y ahora es tierra mezclada con polvo de ladrillo y piedritas. Hablan a los gritos, boludean, disfrutan de haberse hecho la rata. No les importa encontrarse a tres cuadras de la escuela.
¡Ahí viene el director! grita uno y los otros se cagan de risa. Hay más compañeros pero el trío es el de siempre, el que, para pasar las horas fuera del colegio sin un mango, no encuentran idea mejor que subirse al 54 y realizar el recorrido Ramos – Lanús, de punta a punta ida y vuelta.
Cuando había una moneda era ir a “La Bolsa” o directamente ocupar “in eternun gloria” una mesa junto a la ventana en el Odeón II en la esquina de Avenida de Mayo y Rivadavia café con leche con medialunas mediante, para arreglar al mundo, debatir de música, verle el culo a las minas al pasar y sentirse listos para afrontar lo que venga desde la inmadurez adolescente. Son los setenta en la Argentina, el largo del pelo no podía sobrepasar la altura del cuello de la camisa. Por eso en la foto de mi primer documento de identidad se nota claramente una especie de “rodete” que aparece como un alien en mi nuca mientras mi carita de nene mira serio en blanco y negro a cámara.

Imaginábamos espectáculos con tecnología que veríamos de grandes. No nos perdíamos un recital de Aquelarre,             
                                                                                                                                                                                              
veíamos a Crucis,


Espíritu 


y a León, 


mientras en los noticieros se hablaba de secuestros, muertes y fusilamientos. En el quiosco de mi viejo la revista “Así”, de Héctor Ricardo García, nos mostraba cadáveres en tamaño baño anticipando lo que haría en los noventa por tevé.
Amenazas de bomba, mucho milico y policía por las calles, miedo a que la cana nos pele a lo mohicano por pura diversión aunque eso nunca nos pasó. Volver de los recitales a altas horas de la madrugada caminado por Corrientes hasta Once para tomar luego el Sarmiento volviendo a casa. Llevarse materias, pasar raspando, resoplar diciendo ¿cuándo se termina esto? El gordo director revisando las cabelleras en la entrada del Comercial Juan B. de La Salle, con el “dedómetro de cuello” decidiendo quién entra y quién no, por melenudo. De solo recordarlo se me escapa una sonrisa. Si fuera hoy, al gordo lo clavan en un palo y lo cocinan a fuego lento mientras da vueltas como en las caricaturas de caníbales.
En Gaona, “For Export” es mi boliche preferido porque ligué una novia y me puse medio careta. Otros iban a “Crash”. A dos cuadras de mi casa se levantó por un tiempo una estructura extraña pero atractiva llamada “Stadium Bailapple”. Duró poco.
La verdad es que no éramos de ese palo. Hablando de palos, en cuarto y quinto año entramos en ese curro que nunca dio resultado de repartir tarjetas para Juan de los Palotes, en un vano intento de juntar plata para ir a Bariloche.
Lo nuestro era el billar, aunque particularmente siempre fui bastante malo. Después vino  la novedad del pool. En un principio no parecía cosa de machos de hecho, gracias a él se arrimaron las mujeres y verlas inclinadas apuntando a una tronera nos predispuso a cambiar de opinión y darle una chance al jueguito.
En la pieza de Oscar ensayábamos los berrinches de una pretendida banda de rock. Todavía no me explico cómo salimos vivos de algunos lugares en especial, una noche que con Juan Carlos tocando una flautita de plástico, mi futuro cuñado en bongó y un servidor maltratando una acústica, tocamos (es un decir) en un cabarute de Ciudadela. El ángel vigía daba vueltas en la noche del oeste.
Egresamos en 1975. Tres meses después, la tragedia se llevó puesto al país definitivamente. Cumplimos los 18 en semejante escenario.
Pero ahora estamos haciendo jueguito con ¡una pila! En la plaza frente a la iglesia.
¡Ahí viene el director! Dijo una vez más un compañero. Esta vez era cierto. No dormí en toda la noche ante la promesa de expulsión. Mis viejos nunca se enteraron. Al día siguiente en el despacho del dire, asumí la explicación y el pedido de disculpas ante la autoridad, pero entre palabra y palabra, se me escapaba involuntaria, una carcajada. La profesora de Geografía salió a defenderme; “Lo hace de nervioso, siempre es así”.
Confieso haberme sorprendido. Era la misma a la que le cantábamos después de torturarla toda la hora, la canción del show de  Porky. (Lástima que terminó, el festival de hoy, pronto volveremos con más diversiones…)
No hubo sanciones. Alguien dijo: “si a este lo dejan hablar, no lo ahorcan”. Me convencí de que todo era una farsa.
Curioso es recordar tantas tonterías al tiempo de perderse en la bruma, caras de profesores y apellidos de otros alumnos. Creo que anduve inconsciente muchos años, perdido en una búsqueda de la nada que consumió mis días.

No sé si ellos lo recuerdan igual. No tiene importancia. Me gusta el recuerdo de tres pibes con blazer azul, camisa y corbata, pelo largo y una ganas enormes de mandar todo a la mierda desde el vamos. 

martes, 10 de junio de 2014

VIAJAR JUNTOS

Tania toca feliz el piano desplazando su cuerpo por la banqueta y sus manos por el teclado con la gracia morena que la caracteriza. Salta de la bossa a los Beatles con finura y genuina emoción. Respira música. Sus ojos nos recorren extasiados. Esperó mucho por este momento. Viajar juntos, como antes en la adolescencia cuando de la nada alguien decía; “Che, ¿por qué no hacemos los bolsos y rajamos de acá?” 
Y salíamos en patota trepados a viejos ómnibus rumbo a la costa o donde fuere. Después fue lo de siempre; la vida, los matrimonios, el trabajo, los hijos, en fin, el desencuentro.
Bruno intenta acompañar con el bongó sin pegar una, por supuesto. Las risotadas inundan la habitación que es tal y como la soñábamos. Amplia y alfombrada, la hoguera con el fuego encendido y el ventanal  al mar con el viento que agita las cortinas a la vez que aviva las ganas de un café o un buen trago que amenice la charla. 
Claro que ahora es imposible. Carla baila en intento provocador al compás de los silbidos y aullidos de Martín y Lía que a la vez, se atoran de la risa. 
Gaby prefiere los rincones. Se sienta mirándome como esperando que de una vez por todas le diga cuanto la quiero. Siempre fui un quedado. Ella me ha tenido tanta paciencia… Pero es tiempo de abandonar los sinsentidos, en este plano del tiempo ya no tienen cabida.
Tino, nuestro perro raza perro rescatado de aventuras pretéritas, corre al balcón a ladrarle a la luna. Está viejo de kilómetros recorridos, como todos nosotros.
La dulce voz de Tina me regresa. Ahora no quiero pensarlo. Es una pena como todo lo irremediable. 
Un almohadón surca el aire castigando a Bruno por su falta de oído. Tino salta intentando capturarlo, todos se ríen. ¡No es un frisbee! grita un desaforado. Se oyen aplausos, Lía pide ¡otra! Martín aviva el fuego.
Gaby por fin se levanta para traerme un whisky. Ella lo sabe. Me acaricia suavemente, me abraza fuerte, me besa en la mejilla.
No quiero pensar en ello. En los hierros retorcidos, las sirenas de las ambulancias, los cuerpos atrapados, el bongó en la zanja junto a la heladerita con los víveres. Los bomberos cortando el auto, el polvo descendiendo en cámara lenta, la angustia de los familiares cuando se enteren, el llanto desesperado.

En la mesita ratona los celulares bailan haciendo señas de luces. No dejan de sonar y agitarse. Se produce un momento incómodo. No podemos responder. 

Una empanada impacta en el pecho del percusionista sordo. Estallan las carcajadas ¡abrazo grupal! suelta Martín a lo bestia juntándonos. Nos hacemos cosquillas, el scrum se derrumba grita Bruno, Tino me muerde el traste de alborotado que está. ¿Cuándo se come en esta casa? Otro chista como si fuese posible molestar con el ruido.
Me siento en el sofá con la bebida que Gaby me alcanzó. Acaricio el borde del vaso con la yema de los dedos mientras estiro las piernas en dirección al calor.  
Viajar juntos pienso, mientras espero el amanecer que lentamente nos disuelva.

                                                                                                                       Daniel Bregua

domingo, 16 de marzo de 2014

"AMORES Y DESAMORES" - ESPECTÁCULO TEATRAL DE DANIEL BREGUA (Autor, Director e Intérprete)

"Amores y Desamores" fue un espectáculo que presenté en el Teatro Municipal "Abel Santa Cruz" de la Ciudad de Miramar, Buenos Aires, Argentina, el 24 de julio de 2003. Nació de mis charlas  con compañeros y fundamentalmente, compañeras de trabajo, tanto en mi labor periodística como en mi paso por el Municipio de Gral. Alvarado.
Esas hermosas conversaciones giraban en torno a la situación amorosa de cada uno de ellos y sus respectivas vivencias y se daban espontáneamente en los espacios libres entre tarea y tarea.
Como hombre de los medios que soy, decidí hacer un programa de radio hablando de las "historias y situaciones que todos vivimos alguna vez." (Tal el subtitulo del espectáculo)
El programa se llamó "La Vida En Radio" y marchó tan bien, que me animó a subirme al escenario para llevar a cabo monólogos acompañados de coreografías y canciones a cargo del Ballet Gral. Alvarado, la Sra. Susana García Ibáñez, (teclados) la Sra. Marita Barrios (Voz) el Sr. Marcos Lasca (Teclados) y el Sr. Claudio Web. (Voz) También me acompaño en una fuerte escenificación de una pelea conyugal, la colega Alicia Georgiudakis.
Como dato a tener en cuenta, si bien tenía toda la estructura del espectáculo en mi mente, todos y cada uno de los monólogos fueron improvisados en el momento de salir al escenario. Imaginen el desconcierto de los artistas que sólo sabían una palabra clave que yo mencionaría y que significaría el "pie",  para su entrada en escena. Tampoco hubo ensayo general. Nos reunimos 48 horas antes y practicamos el "pie" y la salida de cada artista.
El sonidista se enteró de todo en una breve conversación dos horas antes de comenzar.  En estos pequeños pueblos suelen darse estas situaciones debido a la falta de tiempo y estructuras. Sin embargo lo tenía tan armado en mi cabeza y estaba tan seguro de la jerarquía de mis invitados que todo salió a la perfección, pese a que en la apertura del show, seguidor y cámara, se perdieron como "turco en la neblina." Cosas que pasan cuando falta experiencia en determinados formatos.
Como anécdota, tuve que pedirle a amigos que dejaran sus butacas (pese a que las habían abonado) para que entren más personas,. Hubo peleas en la boletería ante el asombro de todos ya que sólo lo promocioné en mi programa y el resto fue "de boca en boca". Fue el primer espectáculo en la entonces reciente historia del teatro, en colgar el cartel de "No Hay Más Localidades."
Les dejo el espectáculo entero  y también fragmentos para que cada cual decida que atención destinarle.
Las imágenes no son de calidad y fueron rescatadas de un viejo VHS. Fueron filmadas en una sola cámara y con sonido ambiente, pero se ve y se escucha bastante bien. Es el único registro fílmico del show pues originalmente no estaba planeado hacerlo. A último momento  apareció una cámara y... ¡adelante! Posteriormente y a pedido del público que no pudo ingresar, se emitió dos veces en el canal local. Un gratísimo recuerdo con el cual saldo una vieja deuda. De aquí en más, hay que crear nuevos y hermosos futuros.

"AMORES Y DESAMORES" - VERSIÓN COMPLETA

"AMORES Y DESAMORES" - CAPÍTULOS

1- "ME DUELE UNA MUJER EN TODO EL CUERPO"

2 - "NOVIAZGO Y MATRIMONIO"

3 - "SEPARACIÓN" - "CUANDO YA ME EMPIECE A QUEDAR SOLO"

4 -  "TE SEGUIRÉ HASTA EL FINAL"


jueves, 13 de febrero de 2014

UN ÁNGEL QUE VA DE PUTAS

Aterrizó malamente sobre su hombro derecho en la calle sucia casi al borde del cordón, frontera del río verde y maloliente de toda calle ciudadana. Se materializó sin que nadie se percate pues poco importa el otro. Sólo miran por el rabillo preparando la huida si la situación viene de asalto piraña o arrebato.
Estaba vestido con una remera verde manchada de grasa y sin mangas, con pantalones de combate camuflados y sandalias franciscanas. Las uñas de los pies largas y mugrientas, alas amarillentas y arratonadas, lejos del nácar primigenio, como guardadas en un altillo polvoriento durante años.
Tomándose el prominente abdomen comenzó su marcha a los tumbos insultando a los peatones apurados que lo llevaban por delante. Su cara era regordeta y sudorosa, la barba desprolija, las manos grandes con dedos sucios bamboleándose a los lados mientras miraba al piso como si hubiese olvidado algo.  Emitió un sonoro eructo justo cuando divisó el bar con alternadoras, toda una institución en la cuadra.
Entró pateando la puerta pero a nadie pareció molestarle. Personajes de toda calaña se repartían en el interior. Motoqueros en la mesa de pool, solitarios en los  reservados contando las monedas para ver si llegaban al menos a una mamada y los parásitos de siempre copa en mano, esos que aparecen de la nada, existen en una determinada fracción de tiempo ocupando un taburete, acodados a la barra.
El ángel movió sus dedos en el interior del pantalón rotoso para materializar dinero. Hizo una mueca chistosa. “Puedo obtener lo que quiera, pero no puedo evitar que se me caiga el pelo o que al menos, siga siendo rubio”. Ciertamente, su calvicie iba ganado la batalla allí dónde alguna vez ocuparon su espacio rulos celestiales.
Al principio se divertía con esa magia. Hacía aparecer poderosos autos de lujo de la nada, vestía las mejores ropas y paseaba mujeres espectaculares por los mejores lugares del mundo. Luego fue perdiendo gracia. Ya no era divertido, la eternidad es una vieja arpía y aburrida que todo lo arruina. El peso del tiempo lo abatió y simplemente, se dejó estar.
No había arcos ni flechas, aclarar esa tontería lo sacaba de quicio pues muchos lo confundían con cupido, ese idiota relamido insoportablemente insípido.
Él era un ángel. En sus buenos tiempos protegía a las personas desplegando sus alas cubriéndolos  con ellas. Ahora simplemente apoyaba su dedo sucio en los cuerpos y como había perdido  efectividad  por el alcohol o la grasa o ambos, tenía que hacerlo cada vez más fuerte para que funcione. Como esos cajeros automáticos de pantallas pringosas que te vuelven loco cuando tratas de operarlos. Nunca los limpian y la gente poco y nada se lava las manos.
Era divertido verlos caer luego de un toque aunque se suponía que ello no debía ocurrir. Pero bueno, magia y sutileza eran hermanas perdidas en la bruma de los tiempos.
Miraba divertido los billetes arrugados que salían como conejos de la galera cuando sintió la mano apretando su entrepierna. “Bueno, allá vamos”.
La miro con sorna de arriba abajo. Era una puta vieja, pintada como una pared para disimular sin éxito las arrugas. Ni hablar de la papada o sus muslos gordos apretados a la salida de una minifalda ridícula para sus años.
Estaba muy ajada y corrida. Eran precisamente, las que más le gustaban.
Ella comenzó con esa odiosa costumbre de frotarle el lóbulo de la oreja mientras lo llamaba “papi” o “papito”.
- ¿Me vas a pagar unos tragos papi? Después nos vamos a la pieza pero si no consumís, la voy a pasar mal.-
No le dijo nada, le apretó un pecho sintiendo el rechazo automático que deja paso a la resignación. Después de tantos años o a causa de ellos, mantiene el reflejo pensó, no lo tiene dominado.
Le hizo un gesto al cabeza de tarro que atendía las bebidas, depositó los billetes y se la llevó al reservado.
Ella seguía la rutina de preguntas absurdas mientras él la manoseaba. El parloteo era estática en su cabeza. No tenía recuerdos. El pasado y el presente eran parpadeos en los que ora estaba, ora no.
Nunca conoció a Dios, sólo a otros como él. Las órdenes le llegaban como un rumor  de oficina. “anda para allá”, “cuida a fulano por acá”, cosas por el estilo.
Pero el supremo nunca se dignó brindarle una palabra de aliento, una palmada en el hombro, un poco de afecto. Era irónico si uno lo pensaba con detenimiento. Un huérfano cuidando a unos pobres mortales de aquello que igualmente iba a ocurrir.
La queja de la mujer lo sacó de sus cavilaciones. ¿No te gusto, bebé? ¿Querés que venga otra?
Vio la súplica en sus ojos, ese “que venga otra”, era la admisión de una definitiva derrota y una segura paliza de su proxeneta.
Le sonrió mientras le agarraba las tetas con ambas manos. Luego puso su cara en medio de ellas haciendo ruido de pedorretas. Ambos rieron levantándose al unísono. La agarró por el culo elevándola aún más de sus tacos aguja. Lo cabeceó al patovica en gesto de ¿Dónde? Recibiendo otra cabeza ladeada hacia las escaleras. “Toca primer piso, mejor”. Levantó el pulgar  mientras marchaba con ella apoyados el uno al otro, bastante borrachos.
En la calle, frente al tugurio, un tonto enamorado le obsequiaba una caja de bombones a una morocha despampanante que fingiendo alegría le regaló un beso en la mejilla y un abrazo mientras examinaba con detalle a un maduro caballero que descendía de una máquina de alta gama. Luego hizo un mohín y ¡casualmente! Se fue en la dirección del que adivinó empresario o algo parecido.
El bobo se quedó extasiado mientras tomaba el celular para fanfarronear con sus amigos. En eso estaba cuando lo sobresaltó el estallido de una botella de whisky ordinario que le arrojaron desde la ventana de un primer piso lúgubremente iluminado.  De fondo se escuchaban sonoras carcajadas. Planeando suavemente desde las alturas caía algo parecido a una pluma de gallina vieja.

miércoles, 12 de febrero de 2014

RESPUESTA

Llegué del trabajo abatido, con fuerzas apenas para introducir las llaves.  Al entrar, me tomaron desprevenido.
La habitación se encontraba llena de lágrimas. Hacían mucho ruido realmente. No paraban de agitarse tratando de contar sus historias, todas  al mismo tiempo.
Con cuidado de no pisarlas me deslicé en zig – zag moviendo mis manos de arriba abajo en un  vano intento de calmarlas.
Aturdido y cansado me dejé caer en un sillón y todas ellas rodaron hasta mí para explicarse.
Hablaban de ausencia, desamor,  caricias olvidadas, palabras amargas y “te quieros” oxidados.
¡Ya no estás aquí, no te importa!  Bramaban a coro y al hacerlo, todas se elevaron unos centímetros del piso.
El televisor encendido pero sin sonido. La computadora  mostraba una carita feliz en una foto de perfil. Hacía ruiditos de notificación. ¿Has muerto ya? Si es así, no dejes de etiquetarnos.
El polvo  bailaba sobre rayos de luz. Las lágrimas no cesaban el parloteo. Pensando  en portazos y valijas en un taxi, la vi de cuclillas en un rincón  como nena en penitencia. Estaba desnuda de cara a la pared y me extrañé pensando en que hacía garabatos.
Pero no, en medio de espasmos de sal que corrían a reunirse con sus compañeras,  escribía en ángulos curiosos. Desde mi posición alcancé a distinguir algunas palabras. “Te quise”, “Mi vida por nada” y en el suelo junto al zócalo: “Me lo juraste”.
Puse mi rostro entre las manos y me abandoné al llanto. Le debía una respuesta.
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