jueves, 7 de septiembre de 2017

AQUELLO QUE A VECES, CUENTAN LAS BALDOSAS.

Un pibe alto con el pelo largo recogido en un rodete, iba cantando por la calle a grito pelado sin importarle nada, guarecido por los auriculares que lo aislaban del mundo; "El futuro ya llegó. Llegó como vos no lo esperabas. Todo un palo, ya lo ves..."
Luego se perdió tras un bondi que no se acercó a la vereda obligando a los pasajeros a bajar a la calle mientras puteaban y miraban de reojo para que un auto no los atropelle. El monstruo arrancó bufando a través de la suspensión neumática con gente colgando para ganarle al semáforo; vi manos y piernas flameando en los costados, rozados por taxis que marchaban lentos pegaditos al cordón. En los paredones del hospital, bien apretaditos, aparecían puestos precarios, uno pegado al otro, vendiendo chipás, garrapiñadas, golosinas, remeras, medias, calzoncillos, sánguches y lentes de sol, sin solución de continuidad.
Cerca de allí, un hombre viejo de campera gris y gorra, miraba resignado, parado frente a su quiosco de diarios como si le fuese ajeno; nadie se detenía siquiera a mirar las publicaciones. En la escalera de la entrada, una señora sentada con su bebé en brazos, pedía limosna y del otro lado de la puerta, un hombre con barbijo extendía su mano en el mismo sentido. Le colgaba del cuello un cartel hecho en computadora y plastificado que rezaba: "Tengo Leucemia, no me dan trabajo. Ayuda por favor." Un río de gente entraba y salía, empleados, visitas, enfermeras y doctores, cambios de turno o las horas de almorzar, vaya uno a saber. Una chica joven de buen porte, enfundada en calzas, también con auriculares, llegó a la parada del colectivo y mientras buscaba en el bolso la tarjeta SUBE o las monedas, cada tanto levantaba la vista con mala cara y el insulto a flor de labios por si algún desubicado le decía alguna barbaridad o se le arrimaba para intentar manosearla.
Tras las rejas, pasando el puesto de guardia,por dónde entraban las ambulancias, algunos pacientes deambulaban, otros eran empujados por familiares en sillas de ruedas. Dos señoras mayores salían juntas y abrazadas, una de ellas lloraba y la otra intentaba consolarla en vano; "No lo veo bien, Alicia, no lo veo bien" y ahí sí, se quebró en un mar de lágrimas. Por el costado y casi empujándolas, pasó apurado un muchacho cerca de los treinta. Su pareja, recién internada y con el miedo demandante de la primera vez, le pidió agua mineral, yogur y algo de comer. Decidió llevarle también algún dulce como gesto romántico pese a las circunstancias. De golpe, volvió sobre sus pasos. Se estaba olvidando de comprar los productos de higiene personal por los que recibió una larga charla cargada de advertencias y reprimendas, "porque los hombres para estas cosas son unos inútiles". Mirando al cielo preguntándose que había hecho para merecer semejante destino, fue con mucha vergüenza a la farmacia contigua a pedir toallitas femeninas, "de esas con alas" y de "tal marca y precio", como ella lo había instruido. Salió rojo como un tomate.
Seguí caminando un poco más hasta llegar a la vieja iglesia, la misma en la que cada vez que a mi esposa le daban el alta, entrábamos a agradecer. Decidí ingresar un rato, no tanto por fe, sino para ver si conectaba con ella, pero fue en vano. Estaba vacía y fría, con un par de luces mortecinas y algunas velas en el altar. El olor a humedad y flores marchitas, lo impregnaba todo. El Cristo colgaba descascarado de una gran cruz muy cerca del techo. Imágenes de todos los santos circundaban las paredes hasta los confesionarios. Debajo de San Cayetano, había una placa de bronce con una ranura para las donaciones. En el portón, un cartel indicaba días y horarios de Misa. Fui a la pila bautismal para persignarme con agua bendita pero estaba seca. Mis dedos solo rozaron polvo. En las paredes exteriores, no quedaba un lugar sin graffitis o pegatinas superpuestas, También direcciones de hoteles, pensiones baratas y remises truchos.
Salí sintiéndome triste y muy solo. En la calle, el sol me hizo arder los ojos. Decidí no tomar transporte y volver sobre mis pasos a pesar del dolor de mi cintura, la cual sentía muy rígida y me dificultaba el andar. El tránsito era infernal y el ruido lo tapaba todo. Pasé por un supermercado, una agencia de quiniela, una boutique y una galería enorme. Junto a un árbol, una mamá muy elegante, finamente ataviada, le hacía "sillita" a su niña pequeña para que hiciera pis.
En la esquina estaba la plaza dónde se juntaban los paseadores de perros y en la otra cuadra una concesionaria de autos de alta gama y el nuevo shopping. Faltaba poco para llegar pero no había razón para apurarse. Nadie me esperaba en casa.

sábado, 29 de julio de 2017

DESAFÍO EN EL POTRERO

Les habíamos ganado en nuestra canchita 8 a 4. Aprovechamos la localía y el conocimiento de saber dónde estaban las raíces que salían de la tierra y aprovechar el rebote de los árboles que con dudosa legalidad, marcaban los límites de la cancha. En el entretiempo nos refrescábamos tomando de la canilla de la casa de enfrente y comiendo nísperos  de nuestro propio “estadio”. También teníamos higos y moras.  Casimiro, vino como siempre a fajarme. Éramos los líderes de cada equipo aunque la verdad, un poco de cagazo le tenía. Era el típico flaco huesudo pelo duro con flequillo, que parecía más grande que el resto. Si hasta bigotes le veíamos.
La cosa venía de la escuela. Estábamos en el mismo año pero en aulas diferentes. El tipo volaba de furia. Siempre le gritábamos “Casimiro… ¡Las tetas!” y salíamos corriendo con el tipo atrás tirando trompadas y patadas hasta que veía una maestra y se frenaba para evitar que lo manden a la dirección. Tenía muchas advertencias y la madre cada dos por tres iba a la escuela a pedir que no lo cambien al turno tarde.
Cuando el partido terminó, vino a pelear mientras nos decía de todo; “putos, cagones, jugamos la revancha en mi barrio si se animan,” mientras se iba con los suyos, echando espuma. Salvo Andrés y yo, que éramos de clase media baja, el resto eran todos hijos de gente de guita cuyos padres nos miraban de reojo y francamente, no les causábamos ninguna gracia. Cosa evidente cada vez que íbamos a tomar la leche a la casa de alguno de ellos.
Pero a la vista de tipos como Casimiro, estábamos todos en la misma bolsa.  Con respecto a este pibe, se tejían toda clase de teorías en cuanto a cómo vivía, quienes eran sus padres y en qué andaban sus hermanos.  Todo fruto de la febril imaginación infantil.
La presión por la revancha se intensificó. En cada recreo mientras jugábamos a la bolita o al “chupi” con las figuritas, aparecía Casimiro con sus laderos a retarnos; “maricones de mierda, nosotros fuimos a jugar a su barrio, ahora tienen que venir al nuestro”. El colmo fue cuando las mellizas Klerr, un par de bellezas nórdicas que no le daban bola a nadie, se rieron de nosotros junto a sus amigas cuando nos llamó cagones, nenes de mamá. Se acercaba el cumpleaños de ellas y queríamos que nos inviten, teníamos planes con Andrés, de declararnos de una vez por todas.
Entonces, con gesto grave y solemne, me levanté recogiendo mis ganancias de figuritas justo cuando sonaba el timbre para volver a clase y le dije: “Cuando quieras y dónde quieras”. 
Esa tarde comenzamos los planes. Nos juntamos con los pibes en la esquina de la casa de los abuelos de Oscar, sentándonos en la baranda. Teníamos que ponernos de acuerdo en qué decirles a nuestros padres. La dirección que nos dio nuestro archienemigo era muy lejos para nosotros, como 50 cuadras. Habría que tomar un colectivo.  El primer paso era juntar la plata para viajar, comprar una gaseosa y algo para comer. El segundo, no levantar las sospechas de nuestros viejos al vernos salir sin las bicicletas. Prácticamente vivíamos arriba de ellas,  dando vueltas a la manzana o haciendo carreras de carritos a rulemanes con los que atronábamos al barrio. Decidimos decir la verdad a medias; que íbamos a jugar la revancha pero en el terrenito de la calle Liniers, que quedaba a cuatro cuadras de casa.
Finalmente llegó el día tan esperado y temido. Caminamos hasta la estación, cruzamos por el túnel la avenida y fuimos a la parada de la calle Moreno para tomar el colectivo vacío. El viaje era corto pero teníamos miedo de pasarnos, ninguno tenía experiencia en viajar solo. Ricardo, el hijo del doctor que tenía más onda con nosotros, nos iba a esperar en la parada en la que teníamos que bajar. Como era rubio, era fácil verlo.  Nos pasamos igual, cuando lo vimos ya era tarde y bajamos en la parada siguiente. Al vernos llegar nos cargó por boludos y caminamos “para adentro,” tres cuadras. Era un barrio feo, lleno de fábricas, algunas textiles otras, ni idea. Vimos autos abandonados apoyados sobre ladrillos y mucho perro ladrando. Veníamos caminando pegados a los portones y paredes de ladrillos sin revoques, cuando de repente se hizo un hueco.  Ese era el terrenito, encajado entre dos galpones inmensos. El frente era la única entrada y salida. Eso ya no me gustó para nada. Los arcos eran dos ramas que terminaban en horqueta pero sin travesaño; ese iba a ser otro problema en caso de tiros altos. Nuestros arcos en casa, estaban completos y hasta les habíamos hecho las redes con piolines que anudamos con paciencia para terminarlas.
La canchita estaba pelada, todo polvo. La recorrimos para ver si había vidrios o alambres de púa. También para saber dónde terminaba en los costados. Justamente allí, apoyados en los paredones, había muchos pibes grandes, calculábamos de 15 a 18 años. Para nosotros eran enormes y además ¡fumaban y tomaban cerveza! La verdad, estábamos muy julepeados.
Para disimular, los junté a todos detrás de un arco. Mientras nos sacábamos la ropa porque teníamos los cortos y las camisetas debajo, les encomendé a Oscar y a Jorgito Rubinstein que nos cuiden las cosas, es decir, los bollos de ropa con los relojes y la plata.  Estaban muertos de miedo, ¿Qué iban a hacer si se les acercaba alguno de esos monos? 
Hicimos pan y queso con Casimiro, no para elegir jugadores sino arco y saque. Gané y elegí el arco que daba al fondo, así después teníamos cerca la calle.  Acordamos lo usual, siete contra siete y dos tiempos de treinta minutos. Un señor mayor con pinta de abuelo, tenía el reloj y marcaba el tiempo.
Salimos con Gonzalo al arco. Tenía puesto el buzo de arquero, ese con acolchado en los hombros y en los codos, y guantes, toda una novedad para la época. Era un arquerazo. Su tío le prometía siempre llevarlo a probar a los infantiles de River. Cuando lo vieron, la barra de los pesados le gritó de todo y un par se le pusieron detrás del arco para “hablarle”. Gonzalo estaba pálido.
Atrás teníamos al “Chanchi” Farkas, un grandote gordito pero muy ágil y áspero para la marca, defendiendo con Alberto, un verdadero crack, delgado y muy alto, muy elegante con la pelota en los pies, tiempista nato, era callado y sereno, no se calentaba nunca, parecía mucho mayor que nosotros. Tenía futuro de crack. En el medio Juani, un diez de un talento enorme, jugador del baby fútbol de Estudiantil Porteño, una fiera.  A su lado jugaba yo, también buen gambeteador, goleador y veloz. De chico iba a jugar a la parroquia frente a la plaza de Ramos Mejía con pibes mucho más grandes y no podían pararme ni tirando trancazos de esos que apuntaban a la muela. Me decían “Rulli”, porque jugaba con la camiseta suplente de Racing con el ocho en la espalda, como él, figura legendaria del equipo de José que ganó la Libertadores y la Copa del Mundo en el 67’. Adelante iban Andrés, amigo y compinche, excelente puntero izquierdo y el “Twitty” Salinas, chiquito como su apodo sugería pero con un olfato para el gol increíble.
Sacaron del medio y se nos vinieron al humo. Juani fue a cortar y le dieron un planchazo al tobillo, tremendo. Tenían botines. Nosotros jugábamos con zapatillas o con las “Sacachispas”. Las mías estaban muy rotas, el protector redondo de goma que cubría los tobillos estaba despegado y mi dedo gordo en cualquier momento salía a tomar aire.  Me preocupaba porque si se rompía del todo, tenía que ponerme las “Flecha” recién compradas y mi vieja me iba dar una paliza si las veía sucias o peor aún, rotas.
Juani casi se va a las manos con un monigote que parecía su papá, nos seguían gritando cagones y cosas por el estilo; “Dale, mariquita, si no te toqué, llorón”.  Al toque estábamos dos a cero abajo. No la podíamos agarrar. En cada choque nos partían al medio. No había referí, se cobraba de prepo cualquier jugada y todo era discusión. Cuando nos metieron el cuarto, empezamos a pelearnos entre nosotros: “Andrés, Twitty, dale che, bajen a marcar, no se queden arriba”.  “Juani, Daniel, lárguenla, no sean morfones carajo.”
En eso, Juani engancha entre dos y cuando va a patear lo traban de atrás y cae mal, de jeta contra el polvo y se raspa todo. Rojo de bronca y aguantando las lágrimas, primero se quiso ir, después pidió ir al arco. Yo lo empecé a putear, “Cómo vas a ir al arco, nos están goleando, no seas boludo”.  Pero no hubo caso. Para colmo, se peleó con Gonzalo que no quería salir al medio y se empujaron un rato largo. Cansado, me senté en la pelota a esperar. Finalmente se fueron los dos de la cancha empacados y ofendidos.  Entonces, le pedí a Oscar que vaya al arco y a Jorgito que venga al medio. “Listo”, me dije, “Nos hacen mil”. Como nos vieron entregados, aflojaron el ritmo y comenzaron a gastarnos tirando gambetas, tacos y oles.  Un pelotazo que tiré de volea para sacármela de encima le cayó justo a Andrés que la paró con el pecho, tocó al medio y Jorgito, con esas piernas como alambrecitos, le pegó con miedo al ver que se le venían los contrarios encima gritándole para que se asuste. La pelota entró mansita al lado de la rama para dormirse  girando como un trompo contra los bultos de ropa.  Jorgito lo gritó como si fuese la final del mundo, no podía creer que había hecho un gol. Los de afuera se burlaban. Perdíamos 7 a 1. Sacaron del medio y siguieron jodiendo, pateaban de cualquier lado y Oscar se tapaba la cara en vez de agarrar la pelota.  Por suerte, iban afuera. Metimos un gol de cabeza, otro que hice yo después de una  apilada y el cuarto lo hizo Andrés cuando lo agarraron del cuello en el área y no tuvieron más remedio que darnos el penal. Así terminamos el primer tiempo. Cambiamos de arco y nos sentamos a descansar cinco minutos.  No les quería hablar ni a Juani ni a Gonzalo, estaba caliente como una papa. Casimiro se juntó con los pesados y nos miraban y se reían. Tenía mucho miedo y estábamos lejos de casa.
Dejando la bronca a un lado, les dije a los chicos. “pase lo que pase, apenas termine el partido, agarramos la ropa y salimos corriendo, ¿estamos? Todos me miraron, pensaban lo mismo que yo. Juani me puso la mano en el hombro y me dijo, “quiero entrar”. “Preguntále a Jorgito si quiere salir”,  le dije todo amoscado.
Jorgito dijo que sí enseguida, ya estaba hecho.  Gonzalo le prestó los guantes a Oscar y le dio consejos. No se animó a pedirme entrar.
Y así arrancamos el segundo tiempo.  Ellos estaban cancheros y sobradores y también cansados. Juani se iluminó y empezó el show, toque y toque con Andrés y conmigo y pases justos para el “Twitty”.  Nos pusimos 7 a 6. Se hizo un gran silencio, dejaron de boquear y ahora se puteaban entre ellos. Casimiro le pegó un cachetazo a uno, hubo revoleo de piñas y el agredido y su hermano se fueron  de la cancha con amenazas. Entraron dos que habían jugado el primer partido y no eran tan buenos. La cosa se puso pareja pero sacaron distancia de nuevo.
Oscar al arco no paraba una. No volaba ni se movía. Se pusieron 11 a 8 arriba y se nos iba el tiempo hasta que increíblemente y  tal vez avergonzado por los goles que le hicieron, Oscar salió a tapar en un contraataque, justo a Casimiro que sin levantar la vista lo fulminó de un pelotazo directo al estómago. La pelota rebotó y se fue afuera pero Oscar quedó tirado llorando. Otra vez los gritos hirientes, las referencias a la mariconería y otras cosas que por edad no entendíamos. Le mojamos la cabeza como si eso sirviera de algo y ahí fue cuando Gonzalo le sacó los guantes y dijo, “dejá, atajo yo”.
Acompañe a Oscar detrás del arco y cuando se sentó al lado de la ropa le dije; “Acordáte, apenas termina, agarrá todo y salimos corriendo”.
Sacamos del arco, la perdimos y cuando se venía Casimiro por la revancha, el “Chanchi” Farkas lo levantó por el aire mal. Temiendo lo peor nos acercamos pero el tipo lo miró, se sacudió el polvo y solo dijo “Foul”.  El “Chanchi” bajó a marcar mirándolo fijo, sin decir una palabra.
A fuerza de correr y meter nos pusimos 11 a 11. Ahí se callaron todos, las caras se pusieron feas y amenazantes. Todos lo miraban al viejo que tenía el reloj. El abuelo estaba incómodo y sin que nadie le pregunte, decía cuanto faltaba.  Como vieron que la cosa venía mal, empezaron a pegarle de punta para arriba con la intención de tirarla por arriba de la única pared bajita, la que estaba detrás del arco que ellos ocupaban en el segundo tiempo,  Ahí vivía una vieja que no devolvía las pelotas y decían, que las cortaba con un cuchillo. La idea era que el partido termine por falta de pelota y vaya a saber uno que pasaría después. Nuestras cabecitas fantaseaban lo peor.

Calculando que ya se terminaba, toqué con Juani, lo busqué a Andrés pero lo vi parado, sin aire. Entonces me fui pegado al borde de la cancha mientras me gritaban “fuera, salió” para distraerme. Yo seguí hasta el final y cuando  se me acababa el terreno saqué el centro pero estaba tan cansado y la pelota era tan pesada, que no tomó mucha altura. Entonces Juani fue a buscarla,  se agachó lo más que pudo y le pegó con el remolino, peinándola de esa manera que te tira todo el cuero cabelludo para atrás y te duele como la gran puta.  La pelota se levantó con desgano y entro pegada a la horqueta, en el ángulo imaginario de palo y travesaño. Salimos todos gritando “goooooool” y abrazándonos, mientras Casimiro y todos los demás puteaban y se nos venían encima, “No fue gol, fue alto, salió por arriba”. “No fue gol un carajo, tramposos”. Nosotros seguimos gritando y cuando llegamos a nuestro arco, nos miramos, agarramos los bultos y salimos corriendo por la calle hasta la avenida. Desesperados, sin mirar si nos seguían, cagados en las patas y a la vez, eufóricos, llegamos a la parada del colectivo. A una cuadra lo vimos venir. Había un matrimonio mayor y una chica lo que nos dio algo de tranquilidad pero hasta que no paró, sufrimos una eternidad. Subimos atropellando y el hombre nos dijo de todo. Nos fuimos al fondo mientras el chofer nos gritaba para que paguemos el boleto, mirándonos por el espejo retrovisor gigante, todo nacarado, del que colgaban dos cintas rojas y un chupete. Le pedimos que nos espere mientras juntábamos la plata de la ropa toda abollada. Con las monedas en la mano recorrí todo el pasillo, pagué y me vine con la ristra de boletos mientras los demás me apuraban a ver si a alguno le había tocado un capicúa. Comenzamos a gritar y a cantar mientras los pasajeros nos miraban feo y otra vez el chofer, nos llamó la atención. Nos sentíamos gigantes, dueños de una hazaña. La excitación por el partido nos duró casi hasta llegar a destino. Como todos los chicos, enseguida pasamos a otro interés. Alguien gritó: “Che, ¿hacemos otra excursión en bici a La Cantábrica”? “Sííííííí”, fue el grito general y comenzamos a planear el viaje. “Yo no pude arreglar la bici”, dijo Jorgito Rubinstein, a lo que respondí; “Te llevo yo, si no pesas nada, sos un soretito de chiva”, expresión que siempre decía mi viejo y no sabía realmente que quería decir. Todos estallaron en risas, de esas exageradas, estruendosas, de la forma en que solo en la infancia, se puede reír. 

lunes, 21 de septiembre de 2015

BAILE DE PRIMAVERA

1979, El salón del primer piso de los Bomberos Voluntarios en Ramos Mejía estaba colmado como todos los fines de semana. Cuidadosamente distribuidas junto a la pared se ubicaban las mesas en las cuales las madres de las muchachas asistentes, apostaban sus puestos de vigilancia. Sí, todavía en esa época y puntualmente en ese lugar, las chicas iban a bailar acompañadas de su mamá, requisito ineludible para que los padres, (que poniendo el ceño fruncido, por dentro disfrutaban de la noche del sábado para ellos solos) imponían para dejar salir a sus niñas.
Él, tragó saliva y maldecía por dentro. “mirá lo que estoy haciendo por esa piba” pensaba, mientras miraba el pobre clavel maltratado que tenía entre sus manos. El amigo, al que tuvo que convencer con chantajes y sobornos  para que lo acompañara, no cesaba  de burlarse y reírse a cuatro manos. La pose roquera, la ropa inadecuada, los pelos hasta la mitad de la espalda y la cara roja como un tomate de vergüenza, no concordaban en absoluto con la estética del lugar.  Mucho cadete militar, chicos de pelo bien corto y música disco matizada con Camilo Sesto, Julio Iglesias y Franco Simone. En los lentos,  algo de Bee Gees.  El Dj siempre enganchaba una secuencia que seguramente le resultaba el clímax del baile; “Último Tren a Londres”, “¿Crees Que Soy Sexy”? y “Fui hecho para amarte”, de la ELO, Rod Stewart y Kiss, respectivamente.
La cara de la dulce progenitora (que realmente luego se descubrió como una señora más buena que el pan) cuándo lo vio acercarse a la mesa, era todo un presagio de tormenta. Es que el “compañerito”  de colegio del nene, venía a casa cada vez más seguido y rondaba a su bebé. Nada bueno podía salir de eso. No le gustaba ese chico.
La carita de ella, era para ponerle un marco. Una mezcla de  excitación, sorpresa y alegría por verlo allí,  fuera de su ámbito y tragándose su orgullo, nada más ni nada menos que para verla.  Disimulando sin éxito la risa, aceptó la mano tendida e ignorando al centinela, salió a bailar.
Él no sabía cómo justificar su presencia e intento una charla banal cosa que no era precisamente su fuerte. Ella lo miraba fijo, sonriente como diciendo “si claro, entiendo”. Todo era un juego en el cual el muchacho estaba perdido, “¿la flor para quién es? soltó casi en una carcajada haciendo notar la torpeza evidente de no habérsela dado de movida en un gesto galante. Con la cara ya violeta e insultándose por dentro por ser tan pavo, levantó su mano y acercándola a  su mejilla le dijo en plan romántico; “es para vos”. Ella finalmente estalló, ya no podía contenerse más y comenzaron a reírse los dos en medio de la pista. Lo abrazó muy fuerte y bailaron casi sin hablar, toda la noche. Solo se miraban a los ojos.
En los lentos, utilizaron la estrategia de mezclarse entre las parejas obstaculizando la visión del vigía y poder bailar más apretados y quizá, si las estrellas se alineaban, poder besarse
El tema es que todos tenían el mismo objetivo por lo que la muchedumbre se concentró en un pequeño círculo disputando los giros y rotaciones codo a codo. Todos querían concretar esa noche. Para eso estaban allí.
A esa altura, las buenas señoras se juntaban a charlar entre ellas y se hacían las distraídas. Ya habían cumplido su papel. Salvo algunas, a las que realmente les preocupaba el candidato y no estaban dispuestas a ceder.  
Al finalizar el baile en un gesto de caballero, se ofreció a acompañar a las damas hasta su casa  pretexto que lograba estirar la cercanía y algún intento de última para concertar otra cita  a la salida del colegio.
Cuándo todo terminó, el amigo le dio unas palmadas en el hombro y gastó sus últimos cartuchos de cometarios ácidos. Luego se fueron a tomar el café con leche con medialunas al “Odeón II” en la esquina de Rivadavia y Avenida de Mayo.
Él, tenía en su ropa el perfume de ella y el recuerdo fresco de la calidez de su mejilla y el sabor de sus labios adolescentes.  Por primera vez en su vida se sentía feliz. extasiado.
No podía saber que esa noche cambiaría su vida para siempre, que cuatro días después se pondrían de novios y caminarían tomados de la mano durante treinta y cinco años.
Pero aquella madrugada, mientras miraba pasar a la gente que salía de los boliches por la ventana del  bar, algo le dijo que jamás volvería a estar solo, que había ingresado en su vida un  ser especial.

Y todo ocurrió en ese lugar  del que antes se burlaba, en un baile de primavera.

SAQUEAR LA NOCHE

Romper los vidrios de la noche y saquearla, arrancarle los secretos ocultos, atarla con la lluvia, acariciarle la frente mojada y besarla, susurrarle "por favor, necesito saberlo", recorrerla con frenesí buscando en la oscuridad, apartar las estrellas como insectos, arrancar sus ropas, exponer su desnudez, amarla con frenesí, terminar desangelado fracasando una vez más.

CAMINAR POR AIRE

Bajé lentamente los peldaños de la vieja escalera que conecta mi vieja casona con la acera. La bruma no dejaba ver más allá de las narices. Vi el reflejo del agua sobre los adoquines reciclados del pasado ante el deterioro generalizado del futuro.  Hice a un lado mi cabeza justo a tiempo cuando por el rabillo del ojo alcancé a divisar la escafandra de uso habitual para respirar en el microcentro. Era un estudiante de intercambio seguramente pues la suya era importada, con cientos de accesorios digitales y medidores de todo tipo de gases y emisores. Su lujo incluye acceso a mapas, información on line y detector de presencia y sensores varios. El pasarme tan cerca fue simplemente un acto de soberbia. Una vana manifestación de superioridad.
Podía verme perfectamente en su pantalla digital accediendo al instante a la información de mi vestimenta. Los argentos usábamos mayormente “las peceras”. Las escafandras elementales y bastante inútiles que repartía el gobierno a quienes ganaban un salario por debajo del mínimo es decir, la mayoría. También las usaban  los chicos de educación primaria y por supuesto, los jubilados.
Estas esferas pesadas e incómodas, a duras penas brindaban oxígeno y se empañaban con frecuencia. Era normal el choque con otros peatones remedando patéticas escenas del cine mudo. Para conseguir algo de calidad había que recurrir invariablemente al mercado negro de las cuevas del microcentro, los reducidores de la calle Libertad o bien arriesgarse hasta   la triple frontera para traer las importadas de segunda mano como las del zanguango que casi me lleva puesto.
El riesgo de las usadas era el de contraer alguna enfermedad letal pues nadie se tomaba el trabajo de descontaminarlas. Lógicamente, la mayoría eran robadas en las mismas calles a los incautos que no terminaban de comprender el nuevo estado de las cosas.
Decidí tomar el subte. Con esta atmósfera tan pesada no cuenta la diferencia. Caminé hasta Catedral para tomar la línea “D” rumbo a Palermo. Algo en mí, reclamaba pasear por los lagos tapados de algas, especialmente en el sector frente al viejo Museo Sívori.
Resultó duro el descenso, mi maldito cacharro empañado y el humo denso cubriendo todo el túnel hasta el andén, dificultaban la tarea. Parado en la columna estaba el negro Still tocando blues. Un delirante con sonda nasal pues no tenía para más, que tocaba y cantaba blues del Mississippi tosiendo por la picazón del caldo contaminante. Los ordinarios parlantes externos  transmitían un sonido metálico y chirriante, semejante a las viejas grabaciones cilíndricas del principio de los tiempos.
Al llegar el gusano metálico, la horda chocó como en las batallas medievales contra los que pugnaban por descender. El ruido de los cascos y los rebotes nos asemejaban a robots torpes girando sin sentido, dando topetazos una y otra vez.
Cuando al fin la lata de sardinas se acomodó, las manos cuidaban bolsillos y los hilófonos, el nuevo chiche tecnológico que reemplazó a los viejos celulares.
Era una versión ultra delgada de una fibra transmisora – receptora de datos, para hablar, ver videos, conectarse a la red, obtener geo localizaciones y fundamentalmente convertirse en un zombi. Las habilidades sociales sucumbieron ante la contaminación, el índice UV, los grupos que atacaban en modo piraña y los sicarios extranjeros que con demasiada frecuencia, eliminaban su objetivo y unos cuantos inocentes que se atravesaban en el medio de sus balas láser.
El hilófono remedaba al viejo hilo que unía vasitos de yogur, pero digital. Sólo que “el vasito de yogurt” era un gigantesco y legendario servidor ubicado a kilómetros de profundidad para conectar todos los hilos. Uno podía, agregando pequeños accesorios, escuchar música, realizar y recibir llamadas, enchufarse a tomas públicas para abonar el transporte o pagar sus cuentas, cobrar el magro salario o conectarlos a plastibooks, las flexibles computadoras personales con medidas similares a las de una antigua hoja A4. Por allí pasaba todo. 
Al salir a la superficie, mi cacharro se acordó de alguna vieja programación y me puso en los ojos el gráfico de Puente Pacífico justo cuando me disponía a cruzar la Avenida Santa Fe para tomar Godoy Cruz, pasar por las ruinas del Quartier Demaría y llegar hasta la Avenida del Libertador y al lago. Sólo un milagro me salvó de ser atropellado por un aerobondi atrasado con humanoide furioso tras los mandos virtuales.
Sé que es ridículo pero quería visitar a mi viejo amigo, el pato pequinés al que le faltaba toda la base de su pata. (Soy un bruto que desconoce cómo son realmente estos bichos y sus extremidades) para mí, siempre fue “patupalo”. El cascarrabias que venía a pedirme pan o lo que fuera junto a cientos de los suyos. En la actualidad no quedaban tantos. El agua contaminada y la gente hambrienta cazándolos, los colocaban al borde de la extinción.
Me senté en el borde del lago quitándome la escafandra. El aire denso me quemó la garganta. Era muy difícil respirar. Restos de animales flotaban entre la basura y las algas. Abrí mi bolsa de pan viejo. Lentamente lo despedacé esperando tener suerte esta vez. No siempre lo encontraba y en cada visita pensaba que lo habían liquidado.
Concentrado en mí amigo plumífero no me percaté de la presencia femenina. Era más o menos de mi edad, bien arreglada y muy bonita. No hay nada en el universo como una mujer en su bella madurez.
Tenía algo que me resultaba familiar entre sus manos. Cada tanto, rociaba el aire con un spray. Era un acondicionador y purificador ambiental para brindar unos minutos de aire puro.
Me acerqué lentamente para no asustarla. Ella ni se inmutó. Seguía observando lo que por fin veía con claridad. Era la tapa de un disco de vinilo. Una verdadera reliquia. El disco era de Crucis, un grupo de rock sinfónico argentino. El arte de esa tapa era de Juan Orestes Gatti  un grande de aquellos tiempos.
-La bandita que se junta a quemarse en el Sívori lo sacó de allí- me dijo. -Anoche hicieron una fogata con muchas de estas tapas, alcancé a ver la del flaco, la de Artaud, aquella de forma irregular, ¿la conoces?-
Sonreía mientras caían lágrimas por su mejilla
-Yo era fana del flaco – le respondí. – Seguro que las sacaron de algún depósito o quedaron olvidadas después de la toma y los linchamientos populares. Yo vine a la muestra de Gatti en el 2013 a verlas-
Ella se iluminó y me pasó la mano por el hombro apretándome fuerte, como buscando calor.
-Ý en cuanto a esa que tenés en la mano, fui a la presentación en el Teatro Coliseo-
-¡Yo también ¡ gritó dando palmaditas- ¡No te puedo creer- y me abrazó más fuerte aún.
En ese momento escuchamos un ruido. Ella se levantó abriendo los brazos.
-¡Viniste! – le dijo a un viejo y raro pato pequinés al que le faltaba la parte inferior de su pata.
Luego, todo fue risas, frases infantiles,  pan y migajas esparcidas en una brisa densa y calurosa. A lo lejos, otro pato picoteaba la tapa de Billy Bond y la Pesada.
Al caer la noche prendimos las luces de nuestras esferas y me invitó a su casa.
Los quemados entraban y salían del Museo. Uno muy sacado arrastraba un viejo bote de alquiler por el cemento mientras insultaba por lo lento de la marcha. En las torres de la avenida, la gente creía sentirse segura.
Rogué al cielo mientras tomaba su mano, no quería perderla.
Por fin encontré, algo puro para respirar

UNA MUJER EN LÁGRIMAS

Caminé por el barrio como siempre. Mirando sin ver, adivinando gestos de las personas que subían y bajaban como hormigas  de los colectivos provenientes del conurbano.  Me dirigí al cantero central allí donde los libreros tienen sus quioscos  repletos de ejemplares usados envueltos en celofán sucio por el polvo de la calle y el manoseo cotidiano. Agitando los dedos como mago de cuarta comencé a repasar las hileras en ese gesto automático común a todos los maníacos y coleccionistas.
Sentí en el aire su dolor. Por eso me di vuelta justo yo, ermitaño vitalicio  e incómodo consuetudinario ante la charla banal y las convenciones sociales.
Lloraba desconsoladamente. Tenía el pelo largo de un delicioso color caramelo, rostro de mujer joven y una  mirada de  profunda desilusión mientras mordía hasta poner blancos,  unos labios delgados y sensuales que ya añoraban besos del pasado.
Estaba sola en el viejo banco de piedra sobreviviente del vandalismo callejero y artistas del grafiti. Movía la cabeza hacia un costado como intentando sacudir la bronca y el despecho.  Ese gesto tan particular de mujeres en lágrimas. Con sus dedos acomodaba mechones de pelo adheridos a sus mejillas manchadas de sal. Apretaba un pañuelo chiquito como sus manos ¿Por qué las mujeres siempre usan pañuelos diminutos? Misterio que jamás resolveré.
La incomodidad comenzó a ganarme pues no me gusta sentirme obligado ante la supuesta  convención  de  “hacer algo”. No hay comedido que salga bien dice el refrán. ¿Y si me insulta o me dice alguna barbaridad tipo: “Salí de acá viejo baboso”? Faltaría ligarme una paliza o ir preso habida cuenta de la realidad imperante.
Intenté concentrarme en los libros. Fijé la mirada en cada uno de ellos. Huuum, no…  lo tengo, lo tengo, no me gusta, está caro,  muy roto, un plomazo, a ver, sigamos.
Pero fue imposible. Giré mi cabeza y la vi cada vez más encogida, abrazándose a la altura del abdomen como si intentara evitar el estallido.  Ahora apretaba los dientes y todo era un rictus.
Me sentí tan tonto y fuera de lugar que mi enojo fue creciendo. Hombre grande ya y tantas vueltas al asunto.  Siempre me costó una enormidad hablarle a una mujer y eso que todas dicen que tengo buena oratoria y una voz “de aquellas”.  Cuando atiendo el teléfono más de una  desliza un suspiro. Cuando me ven en persona se transforma en resoplo pero bueno, a estas alturas, vida hecha, hijos y trapisondas varias, ya no importa.
Tomé aire, fijé rumbo a mi izquierda mirando de reojo  por si las moscas y me acerqué.
No se percató de mi presencia o directamente me ignoró circunstancia que hizo enrojecer mis cachetes. Siempre me pongo colorado cuando me sacan de mi lugar de comodidad. Permanecí parado e indeciso y atiné en un gesto rígido a extender mi brazo con un pañuelo entre mis dedos a la vez que lo agitaba cerca de sus ojos. Fui tan patético y rígido que por un momento temí que cambiara el llanto por una sonora carcajada pero no, lo tomó en silencio sin mirarme.
No transpiraba tanto desde el día que le hablé a mi esposa para ponernos de novios. Preguntándome quién me mando a meterme en este asunto retorné sobre mis pasos hasta llegar a las cajas puestas sobre caballetes en la vereda fingiendo naturalidad, rojo como un tomate, murmurando imprecaciones por lo bajo sobre mi inteligencia y sintiéndome viejo y cansado. Pensé en tantas noches vacías mirando a un vaso, colgado de la nada al calor de la luz de un viejo tv de 20 pulgadas gritando  tu nombre en medio del ahogo insoportable, del vacío sin remedio, en las memorias del ya fue.

Divagaba pensando en una imposible huida decorosa, cuando un pañuelo arrugado se agitó ante mi  nariz en una réplica burlona de mi gesto anterior.
Sus ojos almendrados todavía húmedos pero pícaros, elevaron mis pies varios centímetros del suelo. Era realmente hermosa. Quién la hiciera sufrir   merecía pasar la vida encadenado a una de las tantas mujeres veneno. Esas que succionan tu billetera y virilidad mientras te  dejan viviendo en una casa precaria en los suburbios preguntándote que fue lo que pasó.
Herir a esa criatura era una afrenta a los dioses.
Guardé el pedazo de tela en mi bolsillo balbuceando alguna sílaba y me interrumpió con un beso en la mejilla y un “gracias” susurrado. Tomó mis manos suavemente, las sacudió de arriba abajo como si fuéramos chicos jugando en el patio de la escuela, las depositó con igual cuidado a ambos lados de mi cuerpo haciendo un mohín y se alejó mientras acomodaba su cartera.
El dueño del puesto me chistó como a un perro para que me acercara.
- Le dejó un ejemplar pago -  me dijo, mientras me lo entregaba.
Era un viejo tomo de  relatos breves que he perseguido por años en cada cueva de Buenos Aires. El predilecto de mi compañera de toda la vida. Me dormía escuchándola leer en voz baja mientras me acurrucaba a su lado sintiéndome  seguro y protegido.  Lo quería porque la quiero, porque no sé vivir sin ella, porque estoy perdido y encontrar esas palabras era encontrarla, abrazar su cuerpo haciendo planes para vencer a la muerte. Esa tramposa  de negro que me la arrebató en un imperdonable descuido de mi parte.
Desconcertado, tomé el colectivo viajando mal y apretado como siempre. Una mujer mayor me miraba insistente y se reía sin disimulo. Pasé como pude una mano en mi mejilla. En mis yemas tenía rastros de labial con aroma a frutilla. Mi cara ardía otra vez. La señora pícara, no estaba dispuesta a ahorrarme el mal trago. Creo que hasta me guiño un ojo.
Paré en el viejo bodegón cerca de mi casa en la zona sur de la ciudad. Sentado en el taburete con las piernas en el aire,  miré el fondo del vaso. Pensé en ella en un futuro no muy lejano. Su belleza enriquecida por la madurez. Sentada en una casa cómoda en un barrio elegante, escuchando a sus hijos gritar y pelearse y reír.  Esperando a un hombre que realmente la merecía y la hacía feliz.
 ¿Se acordará de mí de tanto en tanto? Quizás prefiera olvidarlo. Tal vez le avergüence el recuerdo de un hombre regordete y pelado, muy lejos de la figura del caballero romántico presto al socorro de una damisela.  Como sea, en devolución ha  hecho dulces mis recuerdos tristes, Dios la bendiga.
 Del otro lado de la línea del tiempo, una señora serenamente bella disfrutaba de su vida sentada cómodamente en el hermoso sofá del imponente living de un chalet residencial.  Sus hijos jugaban, hablaban a los gritos  y alborotaban la casa corriendo de aquí para allá.  De cuando en cuando se escuchaba el consabido “Maaaaa…” seguido de alguna queja  de su hija ya señorita, ante las bromas  de sus hermanos menores.
En un breve lapso de melancolía, pensó en la desmesura de la juventud. En aquel día en que su mundo pareció derrumbarse sentada en un banco en la calle, llorando a mares por un sujeto ordinario enfundado en un traje caro.
Y en aquel señor mayor de cara enojada que intentó ser gentil sin lograrlo pero que al menos, eligió no ser indiferente, no dejarla sola. Si tan solo supiera aquel hombre cuanto valor tuvo su gesto, cuanto la ayudó a seguir y ser feliz.
Ojalá que al menos el libro  fuese de su agrado. Era el preferido de mamá.

viernes, 1 de agosto de 2014

UNA FOTO TIRADA EN LA CALLE

Encontré una foto tirada en la calle. Se arrastraba por la vereda a causa del viento girando en remolinos cerca de caminantes apurados por la nada. La tomé en uno de sus giros elevándola a mis ojos. Manchada y amarillenta, aún dejaba ver a una pareja joven abrazada y sonriente. Siempre me han dado impresión las fotos. Capturan algo sobrecogedor que atemoriza. Ahora miraban directo a mí y no supe que responderles. Pues nada sé de ellos y de su paso por el mundo. Si eran amantes o hermanos. O tal vez amigos inmortalizando un encuentro. Imagino un antes de palabras y gestos y un después de cierta incomodidad hasta la llegada del primer café o mate.
Con el retrato entre mis dedos deambulé hasta una plaza sentándome en un banco. Los paseadores de perros intercambiaban anécdotas mientras los animales tironeaban de las correas impacientes. De golpe me sentí muy triste por perfectos desconocidos.  Escuché el trueno de un avión cobrando altura. Me encanta mirar al cielo y más aún, ver aviones despegando. Las terminales me incomodan por eso me gustan. Los hospitales también lo son. Arribos y partidas de almas. Creo que visité demasiadas últimamente.
Los miré una vez más con reproche. ¿Por qué elegirme? Me pasa también con los perros callejeros, no importa la multitud vienen derecho a mí siguiéndome hasta doblegar mi voluntad. Jamás pude permanecer indiferente.

Suavemente los deposité en el banco mientras comenzaba la lluvia. Una gota en los labios de ella, otra en los ojos de él. Me despedí en silencio. Quizás era su forma de viajar. Cerré mi gastada campera negra, corrí hasta la parada del colectivo y lo alcancé justo cuando arrancaba no sin antes luchar con el paraguas de una señora que apuntaba a mi rostro. En el interior, extraños cansados y aburridos, se acunaban con el compás del limpiaparabrisas y la visión de vidrios empañados.
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