lunes, 8 de octubre de 2012

LA SEÑORITA ROSA

Todo en ella era un anacronismo. Su ropa pesada, los escotes cerrados, cuellos y mangas con volados, siempre demasiado abrigada y con su mano sobre la garganta como escudo protector contra las inclemencias del viento o de la vida. Rosa vivió con su mamá espantando novios serios y de los otros. El viejo se fue joven dejándolas con una pensión miserable y una casita precaria de un plan de viviendas municipal, que jamás podrán escriturar porque al intendente de turno se le olvidó chequear el pequeño detalle de verificar a quienes pertenecían en verdad, las tierras usadas para "solucionar el déficit habitacional de nuestro pueblo".
No era fea, al contrario. Tenía hermosos ojos verdes y una mirada aguda y penetrante de esas que te sacan una instantánea inmediata de quién eres y de que vas. Era rápida para catalogar a las personas. Su hermosa naricita husmeaba enseguida las intenciones varoniles y sus finas manos abanicaban pretendientes como alejando insectos. Rosa trabajaba en un estudio de abogados que se acostumbraron a su fría eficiencia y a la incógnita de sus gustos y preferencias. Hablaba poco, trabajaba mucho.
Cuando mamá, como ella la mencionaba, se fue, entró a la habitación que compartían habida cuenta del espacio insuficiente, se sentó en el borde de la vieja cama matrimonial y mirándose en el espejo de la cómoda, lloró larga y desesperadamente.
En el pueblo todos la querían. Además, era una fuente inagotable para el chusmerío de pago chico para quien resultaba un festival inagotable de especulaciones; sarcásticas de las mujeres y procaces inevitablemente, de los varones.
Alfredo era el jefe de correos y uno de los dos empleados de la oficina. Nadie quería venir a tan deprimente lugar por lo que se encontraba resignado a terminar sus días allí esperando la jubilación sin aumentos ni premio alguno. Sólo la promesa de una asignación miserable más un rápido olvido con destino de huerta en el fondo del terrenito y la caña para pescar en el muelle cuando cuadre.
Siempre iban y venían los mismos pues como en todo lugar pequeño, "somos pocos y nos conocemos mucho". Por eso se sorprendió cuando un día de invierno Rosa entró a la destartalada oficina sonriéndole al tiempo de pedirle una casilla de correo en alquiler.
Alfredo casi se desmaya del desconcierto. ¿A quién  se le ocurre en estos tiempos alquilar una casilla?
Desde el advenimiento de Internet el correo mismo era pieza de museo. Un viejo rito apenas necesario pero en franca extinción. Pero eso no era todo. ¡Llevaba cartas en la mano! Con sobres delicadamente estampados  en color pastel
- ¿Las  envía por correo simple, Rosa? - . Pregunto confuso.
-No, Gracias. Quiero ponerlas en la casilla-  Le dijo pícara e inesperadamente ruborizada.
El jefe no entendía nada. ¿Para qué poner cartas en una casilla de correo? ¿Quién manda cartas hoy en día? Me parece que Rosita se chaló por completo se dijo a sí mismo.
Comenzó así una rutina semanal ineludible. Rosa llevaba cartas, las colocaba en la casilla y se iba. Un completo misterio que volvía loco al viejo que no aguantaba la intriga.
Todo empeoró cuando notó que luego de dejar sus cartas, la mujer retiraba otras que no eran las que anteriormente depositara. Estas eran comunes, blancas y de sobre alargado. Olían a colonia de hombre, muy fuerte para su gusto. Le recordaba aquella que su propio padre se ponía antes de ir a trabajar. Una colonia de botellita blanca con un velero filigranado en azul y tapita roja a presión.
Ahora sí que le quemaban las entrañas. ¿Qué está pasando aquí?
Llamó a Pedro, el único subordinado para que controle y le informe sobre la correspondencia llegada a nombre de Rosa Sánchez  Catellani (Tal el nombre completo de Rosita, como la llamaban en el pueblo)
No tardó mucho la respuesta. Pedro lo miró enarcando una ceja, cómo dudando de la cordura del viejo funcionario.
- Ud. sabe que llegan dos o tres carta nomás por día  Don Alfredo y que yo sepa - agregó - Nunca vino nada a nombre de ella.
Los ojitos achinados del empleado estatal miraron al vacío mientras su mano acariciaba el mentón.
¿Pero qué carajos sucede acá? ¿Será posible que esta mujercita amargada se divierta a mis costillas? Ella nunca fue de esas. No tiene ese carácter. Algo huele mal en todo esto.
 Pasó el tiempo y las cartas entraban y salían de la casilla. Alfredo la miraba como a la caja de un mago sin entender de donde había salido el conejo.
Un día cuando la vio entrar casi que saltó del mostrador para aparearse a la mujer que se sobresaltó por lo inusitado del movimiento.
- Disculpe Rosa, tuvimos problemas con las llaves de las casillas, le mintió. ¿Me permite acompañarla para verificar que la suya no tiene problemas?
Asombrada, Rosa se limitó a asentir al tiempo que caminaban juntos hasta el rincón donde una especie de gigantesco armario lleno de panzas de canguro, albergaba a las famosas cajas de antaño.
Las delgadas manos blancas abrieron con su llave y no había terminado el movimiento cuando brusco, Alfredo la apartó mirando el fondo de la pequeña abertura. Allí se acumulaban tres sobres blancos alargados, fuertemente aromatizados. Se rascó la cabeza, golpeó el metal mirando a la dama que ahora divertida, esperaba pacientemente que cesara su rapto de furia. Sin contestarle. Él hizo un gesto de fastidio y desdén con las manos alejándose rumbo a sus paquetes y encomiendas, escondiéndose entre sellos de goma y telegramas viejos, chequeando papeles arrugados, frustrado a morir, sintiéndose objeto de una burla cruel que no merecía.
Justo yo pensaba, que siempre le doy el saludo a todos sin que nadie me lo devuelva. Yo que les escribo los telegramas en verano cuando los obligan a renunciar antes del fin de la temporada. Justo a mí, mierda, ¿Qué le hice para joderme la vida de esta manera?
Nunca más le dirigió la mirada, la sentía entrar con el invariable "Buen día Don Alfredo" al que respondía con un gruñido.
Pero una mañana de Agosto (Siempre las peores cosas ocurren en agosto) algo le apretó el pecho. Temiendo un infarto, comenzó a transpirar y estaba a punto de llamar a la ambulancia cuando escuchó el impacto seco, seguido de una especie de globo desinflándose. El tiempo es un viento helado que se detiene para estallar en un grito. ¡Noooooo! dijo alguien. Salió disparado a la puerta del edificio justo para ver las cartas como avioncitos de papel surcando el aire. Fascinado las siguió un instante hasta reaccionar mirando al suelo. Allí estaba lo que quedaba de Rosa. Una muñeca en ropa pasada de moda totalmente destrozada bajo las ruedas del camión de la maderera "El Polaco".
El reguero de sangre hasta el cordón derramándose por la alcantarilla. La desesperación, los insultos, el ¡No la vi! ¡Cruzó de golpe! Las frases de ocasión, los curiosos que uno nunca sabe cómo y de donde aparecen, tantos y tan rápido. La brisa repentina llevándose las almas, la mezcla de olor a sangre, perfume y dolor. La indescriptible sensación de asistir a una tragedia.
Volteó sobre sí mismo vomitando junto al bicicletero para los clientes. Lloró igual que Rosa el día en que murió su madre. Lo demás fue alimento para las fieras de conventillo, periódicos locales, las disparatadas opiniones de los vecinos en el programa popular de las mañanas de la radio, el grotesco sin fin.
Esa noche fue de tormenta huracanada con voladura de techos. Se sentía vacío. Le arrebataron la intriga, el misterio y el aroma de una mujer sin suerte en la vida. Tomó del pico, costumbre que en general le repugnaba. Golpeó la mesa, prendió un cigarrillo, esperó junto al teléfono, lo tomó casi antes de sonar. Lo estaba esperando.
Las luces del amanecer alumbraban las negras columnas de humo surgidas del lugar en donde trabajó durante  cuarenta años. No quedó nada del viejo edificio de correos, uno de los primeros construidos en la Ciudad, recientemente declarado "Patrimonio Histórico" circunstancia mencionada en un cartel ahora chamuscado como la cara del intendente aún sonriente pero con los dientes negros.
En el hueco entre los escombros por supuesto, sobresalía el viejo armario que contenía las casillas de correo. Todas deformadas por el calor menos una. Desoyó las advertencias e insultos de los bomberos que aún trabajaban en el lugar.
La casilla estaba abierta e intacta. En su interior, una rosa adornada con gotas en todo su contorno y esplendor. Acarició suavemente uno de sus pétalos y rozó una de las delicadas gotas. Tenían gusto a sal y olor a colonia de hombre. Fuerte, como la que usaba su papá,  
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