domingo, 12 de junio de 2011

CARTAS DE AMOR A LA NADA


Me encontré en el bar con mis amigos como todos los viernes después del trabajo. Todos llevábamos nuestras escafandras sport para disfrutar de la reserva de oxígeno suplementaria incongruente con el deseo de fumar el cigarrillo digital para calmar la ansiedad.
Mientras por wifi-frecuencia parloteábamos de fútbol, política y esas cosas, miré como siempre lo hacía, por la ventana que da a "la ochava" como decía mi viejo en un término más que antiguo. Por allí venía la manifestación de las 18:30 demorada por los incidentes producidos por la anterior de las 17:00. Ya nadie respeta nada. Si hasta incluso, queman dos veces las mismas cosas. En fin. Creo que me estoy poniendo viejo y criticón. Ya todo me da por las pelotas.
Pagué mi parte, saludé hasta el otro finde y subí al metro- aero- bus (el aeroblues, popularmente, en tributo a una vieja banda de un viejo músico local) único transporte que puede sortear paros, movilizaciones, piquetes y barricadas, para tratar de arribar a mi casa a tiempo.
¿A tiempo para qué? Si estoy sólo. Gabriela no quiere saber nada de convivencias y pasa más tiempo viajando y contándome maravillas inaccesibles para mí que otra cosa. Cuando vuelve me dispensa sexo furioso, maratónico y superficial, para demostrarme "cuanto me necesita". Apenas acabé fui al baño y al volver ya se había ido. Me dejo un simpático juguete, novedad del momento: "Labios que arrojan besos" una cosa infame que vibra por donde la dejes haciendo "chuick" y esbozando un metálico y chirriante "Te Quiero" cada 5 segundos exactos.
Me puse loco, no sabía cómo apagarlo y lo mandé a la mierda de una patada por la ventana. Me arrepentí en seguida. Inmediatamente golpeó la puerta la vigilancia barrial para devolverme el cacharro y plantarme una multa más el sermón. En la ocasión el "patrullero" era Don Eladio, el viejo alcahuete, encargado de la pensión de minas de la otra manzana.
Un viejo pervertido que daba alojamiento a mujeres perdidas a cambio de algún toqueteo y algo de franela, junto a la mensualidad de rigor. Una obviedad reiterada hasta el fin de los tiempos. Reprimí la idea de patearle las bolas. Sería peor, iría preso de por vida.
De pronto se encendió la telepared, (siempre lo hacía sola, estaba programada por el gobierno) "Hermanos, Compatriotas, Héroes míos..." y seguía una larguísima perorata de supuestos logros en nuestra calidad de vida al tiempo que en la calle, el humo de los coches quemados y los comercios saqueados, ornamentaban la situación. ¿Esto no lo había leído antes? ¿Orwell? ¿No era ficción de la década del 40?
Comenzaron a dolerme los oídos. La pantalla Mil - D envolvía la habitación y se mezclaban bailarinas semi - desnudas del show de Lacralli con el Tsunami que se tragó lo que quedaba del sudeste asiático más el volcán que se llevó a nuestros vecinos y parte de nuestra zona sur. Todo con formas, colores, brillos, perfumes y a un volumen infernal.
Me di cuenta que estaba llorando. En la cama los labios hacían "chuick, chuick, te quiero" y en la palma de mi mano, (convertida por buenos pesos en pantalla táctil) brillaba un mensaje de Gabriela, junto a una captura de su figura desnuda en una cama de Roma: ¿Me extrañas Bombón? ¡No veo la hora de estar con vos!
Quedé mirándome la mano como un idiota. A un costado, cerca de la línea de la suerte, unos milímetros debajo de la teta izquierda de mi novia, me pareció ver la sombra de algo típicamente masculino.
Cerré el puño para apagarla. Mis lágrimas formaban sensacionales juegos de colores interactuando con la TV.
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