miércoles, 22 de noviembre de 2017

PAULA Y MARIO

“Paula: Espero que estas canciones te hagan sentir lo mismo que a mí. ¡Feliz Cumpleaños! -  Mario -  25/10/74”

La dedicatoria cursi y la fecha me atraparon. Colecciono discos viejos y los busco en ferias y tiendas de antigüedades. En eso estaba, como tantos domingos perdidos, cuando revisando una batea vi la tapa de un vinilo de rock progresivo bastante difícil de encontrar en buen estado. Al voltearlo, vi la escritura pequeña y desprolija escrita en birome azul sobre el ángulo superior derecho. Acerqué el Long Play hasta mis ojos para verla detenidamente. Pensé en ella como la cerradura de un cofre. En su interior, la historia de Paula y Mario.
Seguramente, todo comenzó en cuarto o quinto año del colegio secundario. Mario pensando estrategias y caminando lento por las cuadras de su barrio para encontrarse “casualmente” con Paula, cuando ella retornaba del colegio o salía de sus clases de inglés.
Con el pretexto de conseguir chicas, convenció a sus amigos para ir a los boliches de Ramos Mejía a los que ella iba con sus compañeras de división. Generalmente era “For Export”, a veces “Pinar de Rocha” o “Crash”, siempre en el horario de matinée, de 18 a 23 hs. único en el cual podían entrar los menores de edad. No encajaban en la tribu y siempre tenían miedo de no pasar el control de la entrada. Una vez logrado el objetivo, Paula lo trataba como si no lo conociera. La miraba bailar en la pista o charlar con sus compañeras en la barra, con el pecho a punto de estallar de tanta impotencia. Alguna vez, en un intento de darle celos, sacó a bailar a una chica que estaba sentada en las gradas cercanas a la pista principal. La niña bajaba cuidadosamente con sus finos tacos y su corto vestido negro hasta que ocurrió lo peor, resbaló y cayó haciendo “patito” con el traste por todos y cada uno de los escalones restantes hasta la muchedumbre que se apretujaba bajo las luces estroboscópicas.
Lo peor, es que él siguió de largo sin darse vuelta y detenerse a auxiliarla, salió por el otro extremo, pasó a buscar a sus amigos y se fue del boliche rojo como un tomate. Jamás se perdonó pese al paso de los años, su cobardía con la niña en cuestión como así también, su sempiterna mala suerte.
Todos los planes fallaban. Cada fin de semana pasaba la noche haciendo la plancha como vulgarmente se decía, mientras la veía bailar con otros sin dirigirle la mirada. Apenas un saludo desganado y al pasar, si la encontraba en el guardarropa. Aun así, no dejaba de elucubrar ridículos e intrincados planes.
La mamá de Paula, casada con un corredor de vinos finos, se dedicaba a la venta de cosméticos por catálogo. Organizaba reuniones en casa con señoras de buen pasar con quienes bailaba el minué de competencias en torno a la brillantez de los hijos de cada una. Obsesiva y calculadora, seleccionaba las amistades de la niña, vigilaba sus horarios y compañías, mientras se ocupaba con sonrisa gélida y modales dignos de un diplomático ruso, de espantar a los jóvenes galanes que revoloteaban cerca de su hija al compás de sus hormonas. Mario, era uno de ellos.
Tal vez por rebeldía adolescente, asomarse levemente a lo prohibido o de una vez por todas, sacárselo de encima, Paula aceptó salir con Mario, con la condición de ocultar su noviazgo y encontrarse lejos de los lugares que familiares y amigos solían frecuentar. Sin disimulo alguno, lo escondía. No quería que la vieran con él.
Las cosas avanzaban a su ritmo. Manejaba los ardores de Mario a su antojo. Ambos eran vírgenes. Le permitió recorrer su cuerpo, segura de poder manejar la situación. Descubrió no sin sorpresa, que su novio besaba bien (tomando en cuenta los dichos de sus compañeras de colegio, supuestamente más experimentadas.) y que era bastante mano larga. Luego de varias salidas y caricias ardientes en plena calle ante los silbidos de la gente y bocinazos con groserías incluidas de los automovilistas, Mario se las arregló para llevarla a su casa con el pretexto de estudiar, ante la mirada orgullosa de su padre y el ceño fruncido de su madre. No le gustaba esa chica, no era para su hijo.
En la pieza decorada con posters de grupos de rock, exploraron sus cuerpos llegando al límite de la penetración. Paula, desnuda en la pequeña cama de una plaza, entró en pánico. Aferró con fuerza las inquietas manos de Mario y mirándolo directo a los ojos le dijo con voz entrecortada: “No, vos no.”
El muchacho, rojo de vergüenza y de excitación, intentó calmarla mientras le decía lo mucho que la amaba, pero fue en vano. Se vistieron en silencio. Paula lo besó en la mejilla y le rogó que no la acompañe. La vio irse con la cabeza erguida y los ojos llenos de lágrimas. Era delgada, alta y muy bonita. Esperó en vano que volteara a mirarlo por última vez. 
Terminaron el secundario. Mario ingresó a la facultad, pero no le fue bien. Rindió unas pocas materias y abandonó para buscar trabajo pues en casa necesitaban ayuda. Familia de clase media, todo era cuesta arriba. Paula, por el contrario, se recibió con honores mientras salía con un compañero de cursada, hijo de un empresario textil dueño de una mansión en zona norte y un velero. Sus padres, cambiaron una mirada cómplice y feliz cuando el joven heredero les solicitó permiso para enseñarle a navegar a su hija y de paso, dormir en la casa familiar los fines de semana. Era un sueño cumplido.
Con esfuerzo, Mario compró una camioneta para hacer reparto. Le fue bien, compró otra, luego un camión y al poco tiempo, era dueño de una empresa de transporte. Se casó con la hermana de uno de sus choferes, un ángel siempre sonriente y optimista que le dio tres hijos, dos varones y una nena. Mario la adoraba. Aún después de tantos años de casados, la perseguía por la casa para hacerle el amor cuando estaban solos. Ella gritaba entre risas “¡Dejáme!” “¡No me hagas cosquillas!” y él le pedía que no haga tanto ruido y ella se reía más fuerte, mientras su ropa era esparcida por todos los rincones de la casa.  Les gustaba salir a cenar, ir al cine y al teatro; siempre se los veía tomados de la mano.
Paula tuvo dos hijos varones. Vivían en Europa y su vida se iluminaba al verlos en videos caseros que le enviaban por celular. Su marido la engañó religiosamente desde el primer minuto de su matrimonio, hasta que finalmente se fue a vivir con una artista plástica mucho más joven. Le ocultó empresas y propiedades a través de sociedades fantasmas y testaferros, dejándola apenas con un departamento de dos ambientes en microcentro y su actividad profesional. Tras el divorcio, solo salía con amigas y rechazaba de plano avances masculinos. “Tuve suficiente,” decía con un rictus de amargura. “Si otro hombre intenta llevarme a la cama, me encierro en el baño y me escondo en la bañera”, exageraba mientras el coro femenino estallaba en carcajadas y críticas al género masculino, culpable de todas sus desdichas.
A punto de cumplir los cincuenta, sufrió un cáncer que afrontó en soledad, pues sus padres ya habían fallecido y era hija única. Lejos del glamour juvenil, se consideraba una orgullosa sobreviviente. El paso de los años y la enfermedad dejaron huellas en su cuerpo, pero la fina belleza de su rostro permanecía inalterable. De Mario, solo se acordó el día en que vendió el disco con otras cosas, en un mercado de pulgas.
Mario, en cambio, nunca dejó de pensar en ella. La buscó durante años sin éxito en las redes sociales. Descubrió que Paula vivía en Capital de casualidad, al ver en los avisos clasificados un edicto notificando el cambio de titularidad de una empresa. Allí figuraba junto a su esposo. El corazón le dio un vuelco mientras leía nombres y apellidos una y otra vez. Sin saber por qué, en los últimos tiempos sintió temor por la salud de Paula, llegándose a preguntar si aún permanecería con vida.  Pese a querer con locura a su esposa, nunca le contó de su noviazgo juvenil y mucho menos, sus absurdas andanzas de detective amateur. El primer amor, siempre deja marcas indelebles en el alma.
Perdido en mis pensamientos, una voz ronca y desagradable me trajo bruscamente a la realidad preguntándome si iba a comprar o no, el disco de marras. Era un coleccionista. Raza febril y obsesiva que no dudaría ni un segundo en borrar la dedicatoria en aras de preservar la pulcritud de una edición de época. Inquieto y alterado, le asesté un “Sí”, áspero y cortante. Instintivamente abracé el viejo Long Play, llevándolo a mi pecho mientras pagaba por él, al hombre con la gastada remera de “AC/DC” y dientes amarillos que atendía el puesto. Sentí preocupación y miedo. “Unos minutos más y quién sabe…”
Me alejé de los puestos de la plaza lenta y cuidadosamente. Si en verdad existen distintos planos del tiempo, Paula y Mario, podrían cruzar sus vidas en todos y cada uno de ellos, con infinitos desenlaces. Debía ponerlos a salvo, lo mismo que a sus parejas, hijos, amigos o amantes. De alguna manera, alguien me otorgó la custodia de un pequeño fragmento del tapiz universal.
Yo era el guardián, el custodio designado de los días, la vida y los posibles destinos, de Paula y Mario.

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