martes, 10 de junio de 2014

VIAJAR JUNTOS

Tania toca feliz el piano desplazando su cuerpo por la banqueta y sus manos por el teclado con la gracia morena que la caracteriza. Salta de la bossa a los Beatles con finura y genuina emoción. Respira música. Sus ojos nos recorren extasiados. Esperó mucho por este momento. Viajar juntos, como antes en la adolescencia cuando de la nada alguien decía; “Che, ¿por qué no hacemos los bolsos y rajamos de acá?” 
Y salíamos en patota trepados a viejos ómnibus rumbo a la costa o donde fuere. Después fue lo de siempre; la vida, los matrimonios, el trabajo, los hijos, en fin, el desencuentro.
Bruno intenta acompañar con el bongó sin pegar una, por supuesto. Las risotadas inundan la habitación que es tal y como la soñábamos. Amplia y alfombrada, la hoguera con el fuego encendido y el ventanal  al mar con el viento que agita las cortinas a la vez que aviva las ganas de un café o un buen trago que amenice la charla. 
Claro que ahora es imposible. Carla baila en intento provocador al compás de los silbidos y aullidos de Martín y Lía que a la vez, se atoran de la risa. 
Gaby prefiere los rincones. Se sienta mirándome como esperando que de una vez por todas le diga cuanto la quiero. Siempre fui un quedado. Ella me ha tenido tanta paciencia… Pero es tiempo de abandonar los sinsentidos, en este plano del tiempo ya no tienen cabida.
Tino, nuestro perro raza perro rescatado de aventuras pretéritas, corre al balcón a ladrarle a la luna. Está viejo de kilómetros recorridos, como todos nosotros.
La dulce voz de Tina me regresa. Ahora no quiero pensarlo. Es una pena como todo lo irremediable. 
Un almohadón surca el aire castigando a Bruno por su falta de oído. Tino salta intentando capturarlo, todos se ríen. ¡No es un frisbee! grita un desaforado. Se oyen aplausos, Lía pide ¡otra! Martín aviva el fuego.
Gaby por fin se levanta para traerme un whisky. Ella lo sabe. Me acaricia suavemente, me abraza fuerte, me besa en la mejilla.
No quiero pensar en ello. En los hierros retorcidos, las sirenas de las ambulancias, los cuerpos atrapados, el bongó en la zanja junto a la heladerita con los víveres. Los bomberos cortando el auto, el polvo descendiendo en cámara lenta, la angustia de los familiares cuando se enteren, el llanto desesperado.

En la mesita ratona los celulares bailan haciendo señas de luces. No dejan de sonar y agitarse. Se produce un momento incómodo. No podemos responder. 

Una empanada impacta en el pecho del percusionista sordo. Estallan las carcajadas ¡abrazo grupal! suelta Martín a lo bestia juntándonos. Nos hacemos cosquillas, el scrum se derrumba grita Bruno, Tino me muerde el traste de alborotado que está. ¿Cuándo se come en esta casa? Otro chista como si fuese posible molestar con el ruido.
Me siento en el sofá con la bebida que Gaby me alcanzó. Acaricio el borde del vaso con la yema de los dedos mientras estiro las piernas en dirección al calor.  
Viajar juntos pienso, mientras espero el amanecer que lentamente nos disuelva.

                                                                                                                       Daniel Bregua

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